Pronto será un calendario imborrable, aunque llueva hasta temblar
el musgo de la memoria, la carne abierta de la lengua, los cristales
del hambre, las calles infinitas de la tinta.
Me acostumbré a caminar junto a mi propia sombra,...
Imagen de Magnus Rosendahl
AGUAS DEL VIENTO, CRISTALES…
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real,…
ENRIQUE LIHN
Pronto será un calendario imborrable, aunque llueva hasta temblar
el musgo de la memoria, la carne abierta de la lengua, los cristales
del hambre, las calles infinitas de la tinta.
Me acostumbré a caminar junto a mi propia sombra, al ruido
del silencio sin lluvias arropadas, al río del espejo siempre diferente
cada día, a flagelar el ayer de mis fantasmas:
penetrar en las ranuras de las grietas, oír los brazos ciegos
de la eternidad sin límites.
La sed siempre ha sido frágil bisagra del alma, frágil como el azúcar
de las horas diurnas; témpano otras veces, donde no caben
los sonidos, ni la boca detiene el aliento, ni centellea el ojo
en su dolencia de éter: en el tejado caen pálidas las sombras del agua,
los cristales que de tanto caer, deshacen su fatiga.
(De pronto me da por lavar todo el despojo de los ojos, pero los dedos
no alcanzan a cubrir el universo, el cristal nublado de la carne,
el embargo de piedras que tengo en el aliento, la corteza de la noche
que oscila en el follaje, la almohada de guijarros donde reposa
mi cabeza después del día y antes del alba.
Me da, también, por escuchar la velocidad del silencio: a menudo
imperceptible en la tormenta, encielada potestad del deletreo
en los cristales que el pezón madurado nos entrega.
—El día, en vez de la noche, nos aproxima a las calamidades y por ello,
también pagamos un precio:
desvivir el pestañeo en hipérbaton, darle al pañuelo su capacidad
de anáfora, morder la cacofonía de la ciénaga,
lidiar a cada rato con las amplificaciones y la oblicuidad, los patetismos
de la deprecación o recurrir a las antonomasias.)
En las manos traigo guardado un cartapacio de rocíos. El jinete
apocalíptico de los dientes, el sacramento descubierto
en el cielo raso de la noche, donde fui contando los días del sahumerio.
Todo se mueve al compás del alba o la noche: el tizne es necesario
para sacudir las hojas, la colmena del reloj, los días cansados,
los fines de semana embozados en las nubes.
Alguien nos habla desde sudorosas distancias, desde paisajes lunares,
desde jardines con efigies, ríos de cónicas vasijas en el ultramar
del terciopelo, en el timbal amanecido de las pupilas.
Pronto el prensapapel del viento sobre los cristales, —el entrecejo
sobre los ríos de este tiempo de mazos y vinagre;
pronto, el cristal sobre el karma: despertamos. No cabemos en la abadía
del cascajo, ni en la sola abstinencia,
saltemos la barda, el muro, el tapial, la cerca: el día empieza
a desvelar los cristales con albardas y caballos…
Barataria, 2011

2 comentarios:
Magnifico poeta de palabras y zapatos... te dejo una felíz noche de descanso aromatizada de faldas cortas... un beso melodioso para ti...
Ledeska
GRACIAS, POETA, POR TODA LA INDUMENTARIA Y LOS BUENOS AUGURIOS.
UN BESO,
ANDRÉ CRUCHAGA
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