domingo, 13 de febrero de 2011

SUICIDIO DEL AMOR


En la intemperie hay un siglo de despojos: el escepticismo
estrangula la limpidez de las ventanas: matamos el amor en cada
duda aspirada, en el esqueleto del horizonte;
de cada pálpito nos devienen vasos de evasiva azúcar.
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SUICIDIO DEL AMOR




With the lights out it's less dangerous
Here we are now
NIRVANA




En la intemperie hay un siglo de despojos: el escepticismo
estrangula la limpidez de las ventanas: matamos el amor en cada
duda aspirada, en el esqueleto del horizonte;
de cada pálpito nos devienen vasos de evasiva azúcar.
El tiempo, en los labios, se fue haciendo nuestro verdugo:
dejamos que las palabras fueran pudriéndose en el granito,
formas inexactas de deseos, memoria de cipreses en placentas
anochecidas, herméticas semillas de la respiración.
Cada ilusión fue un argumento de espinas,
en las calles del País, se nos hizo la sed, apretado ruego
de salmuera, —junto a los muertos, también nos empañó
el tragaluz de la penumbra;
heredamos todos los grises de los bejucos de invierno,
el tambor de la garganta se hizo monotonía, la brizna una uña
donde la hojarasca hunde sus dedos.
Hay una herida que nos degrada al filo del desplome: la batalla
tiene dentaduras potizas, al punto que un rayo la desgarra;
convulsos, disponemos del olvido. Quizá también de los candiles
de la Patria, del grito que enciende candelabros,
de la puerta íntima que rompe cualquier razón.
Suicidamos la locomoción de los sueños: aquí, ahora, nosotros
en esa claridad unívoca que dan los páramos; la vigilia desde
luego, es un tren sin monedas, el sudor que nos inclina en coro
a la ráfaga, a los pañuelos soterrados de los anzuelos.
Siempre el País nos hizo preparar a diario las alforjas: morder
túnicas empapadas de ceniza, despedir la boca de la aurora,
bañar los ojos con feroces aguas,
escapar cada día de las inclemencias del asfalto con sus matorrales
de caos, con su hervor de paredes sucias.
Con nuestra muerte y las demás muertes, queda el nosotros
a la deriva, —el tiempo fatuo y absurdo del suicidio, el ocote
como un disparo clavado en las paredes: los balcones del País
con sórdidas máscaras, los rituales del pánico y el delirio.
Juro que mantenernos firmes fue siempre una pesadilla: siempre
es breve el sueño aún en el azúcar;
ahora nos duele más el juego sórdido de espejos, la envoltura
que nos arropa, la piedra obsesiva en el aliento,
la invasión infatigable de las muerte.
Juro que seguiremos muriendo aun con los lavatorios de la resurrección,
juro que andaremos calles oscuras y frente a nosotros
un circo exhibiendo sus proezas…

Barataria, 10.II.2011