Para el vuelo no es suficiente una brújula, sino también
el planisferio con todos sus imanes. Escribir la fábula de cada ojo,
soltar la brida de la dudas y saltar el charco inédito de los espejos.
El sol mece los rincones de la saliva,
las plumas del recelo en la animación de la espuma,
Fotografía: Jon Sullivan
REBELDÍA
Yo me lancé con atrevido vuelo
fuera del mundo en la región etérea,
y hallé la duda, y el radiante cielo
vi convertirse en ilusión aérea.
JOSÉ DE ESPROCEDA
Para el vuelo no es suficiente una brújula, sino también
el planisferio con todos sus imanes. Escribir la fábula de cada ojo,
soltar la brida de la dudas y saltar el charco inédito de los espejos.
El sol mece los rincones de la saliva,
las plumas del recelo en la animación de la espuma,
el paraje del ala solitaria y salvaje como tantos suspiros
que invaden la edad.
A menudo el aliento deshoja las sonrisas, esta pena que aúlla
en su vieja herida, el huir siempre de las raíces establecidas,
ir subiendo sobre el lomo de los sueños:
a menudo muerdo las esdrújulas en la osamenta de los fantasmas,
supongo caminos que golpean mi delirio, pero no dejo
que me amedrenten, ni agacho la cabeza frente a las tumbas
conjuradas; ahora derramo los ojos de las paredes,
y me yergo sin miedo en la noche o el día que, a fin de cuentas,
aquí resulta ser el mismo juego del polvo revelado.
Aunque broten guijarros de mis pies,
la carne no duele como los abrojos en la voz que el rostro lame:
ante la ceniza está el escapulario de mi propio imaginario,
el párpado abierto,
la vida que defiendo en cada palabra, aunque el mundo cada vez,
pudra mi propio dolor, y plante mausoleos frente a mis ojos.
Nada me detiene: ni la ráfaga, ni el gusano negro de las sombras,
ni el miedo,
ni el sollozo,
ni las semillas absurdas de la sequía,
ni la sangre forcejeando con el llanto,
ni la excepción de los paraguas en las mariposas,
ni la madriguera,
ni el degüello de la esperanza,
ni las pezuñas como manos,
ni la opinión desconfiada del harapo,
ni los fracasos en las acequias de la tristeza.
Sigo partiendo de los mismos días con todas sus frustraciones:
la respiración siempre tiene la liturgia del orgasmo:
me queda la mesa, la silla, las ventanas para seguir viviendo;
me queda siempre la intrepidez de los relámpagos
y el telar de la sed para seguir los vendavales. Me queda mi propia
libertad pese a hundirme en el infinito embudo de la sal.
Barataria, 19.II.2011

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