Me acostumbré a la clandestinidad de la noche dondequiera
que me enfrentara a los colmillos del desatino. Siempre ha sido así
de inhóspita la marcha, el País ahogado en la bartolina de la sed.
PESADILLA DEL LABERINTO
Like a fire forever burning,
A flaming heart that’s yearning, more an’ more
A love to keep us warm
On the wings of the storm…
WHITESNAKE
Me acostumbré a la clandestinidad de la noche dondequiera
que me enfrentara a los colmillos del desatino. Siempre ha sido así
de inhóspita la marcha, el País ahogado en la bartolina de la sed.
En la navaja aúlla la sangre, la piel convertida en masticados
violines, vacíos que se abren a los dientes del sollozo;
por más luz anticipada en las sienes, el túnel muerde con su aspecto
de embudo, con su fingida rama de parábola,
con su nido exhausto de esparadrapos, sarro del cansancio
en las herraduras del cielo: caen los barcos al filo de los brazos,
el lazo mutilado de las cicatrices, —esta pesadilla de urnas con mil
puertas, caballos sin cordón umbilical en la carne.
Juguetes de miserable herrumbre: cuelgan de las sienes
irascibles murciélagos y épocas con túnicas de mapas fatídicos.
Lo sé, ahora, cuando camino con este viento de guitarra tosigosa,
con la soledad fértil de la saliva,
con esta renuncia al trencito de madera,
a la alforja ya inservible de la duda,
a los apuntes que se me fueron perdiendo en la respiración de todos
los días: lo que queda es el terror a los sueños, —seguir soñando
con serpientes bajo ciertas ventanas que se abren a la sordidez:
jardines que una vez soñé en medio de la impaciencia,
entre pasillos y miedos y paredes.
Mientras sigo con mis manos sucumbidas por el crimen, la ropa
es mucho mayor que mis huesos, que toda vos, desnuda en mi pesadilla.
Heredé la asfixia en los bolsillos, la necesidad de morir definitivamente
en cada palabra, de manera infatigable, incluyendo la sonrisa:
el brebaje que bebí terminó con mis cartílagos: entonces, no me quedan
ojos, ni libros blancos para dibujar cortinas y ventanas,
ni zapatos parecidos al infinito,
ni memoria para recordar los trenes y los barcos.
He caminado largas valijas sin corbatas y sin listerine: días copiosos
de aguas y lodo y platos sin perdurables estrellas. (—Delante de mí,
La obra sorda del ruido, la sábana yerma del juicio, la yedra en la sal
de los ojos, las lejanas bicicletas de las enredaderas,
las botellas oscuras con yodo, los purgantes de los hierros,
las llaves corporales de la carcoma: vos, también, metida en días
oscuros, en aguas donde los brazos se rompen y el latido se rompe
junto con la piel. Vos, en el laberinto del ciprés, con la lengua
estirada de la trementina, cubriendo el insomnio con la ceniza.)
De pronto, despierto con el sudor en las brasas. En medio
de los desajustes de la canasta básica, en la hamaca de la transición.
Barataria, 26.II.2011

2 comentarios:
Un gran texto literario,
me gusta su profundidad,
ha sido un gustazo
pasear por tus letras.
Muchas gracias, MTeresa, por su visita y sus palabras. Regrese cuando lo desee a escribir sus impresiones en este cuaderno in sepulto.
Un abrazo,
André Cruchaga
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