viernes, 11 de febrero de 2011

PERPLEJIDAD DE LA SAL


Es la estatua que queda en mi despoblada memoria: la misma
de los tiempos remotos. El espejo inefable en la mordida del ojo,
el cristal de piedra en medio de las grutas,
la indiferencia compacta de los escarabajos, la hostia
como una lágrima dolorosa, el cuerpo fugaz de la claridad,


PERPLEJIDAD DE LA SAL




… y cuya sombra es como un agua leve
En las arenas que desvela una luna inmensa y amarilla.
MANUEL J. CASTILLA




Es la estatua que queda en mi despoblada memoria: la misma
de los tiempos remotos. El espejo inefable en la mordida del ojo,
el cristal de piedra en medio de las grutas,
la indiferencia compacta de los escarabajos, la hostia
como una lágrima dolorosa, el cuerpo fugaz de la claridad,
oprimido, aquí en el pecho, en el aliento de los días torturados.
También aquel círculo de piel desnuda: oscuras gotas de sol
rodando en la cara,
labios quemados por el gris de la melancolía;
en cada oscuridad, la sal negra de los eclipses, los pies rotos
de la tinta, los recuerdos pedregosos hundidos en la sed:
—avanzo a la muerte de peces olvidados en la escama de la noche;
mastico los cordeles de las esquinas,
el sudario de sal hundido en la hojarasca, la sábana dividida
de la furia, los huesos con ráfagas de hormigas.
Nos destierra en el cuenco de la boca: sombras, cadenas de horas
desoídas en los poros ciegos de la profundidad;
la risa se ha vuelto un desvarío de hormigas, —colmillos de inestables
acantilados, enajenados clavos en pozos de saliva.
Pero la sal está, también, en los horizontes respirados:
en el mapa de la palpitación
donde están los sueños yertos, la ladera desgarrada del cierzo,
el césped estremecido de las plegarias,
la mutación de todas las formas íntimas, las bocales amarillas
de las uñas y el tabaco, el beso salpicado de inclemencias.
—Nos muerde la perplejidad, es cierto. Pero también la garganta
marchita de la razón con sus persianas de herrumbre;
hemos pasado en la cuchara de la intemperie como lunas gastadas
en el tul de la arena,
el trino envenenado del perfume,
el pañuelo mojado con el agua del cuerpo, sin güijas ni naipes,
ni cielos despejados con zapatos nuevos.
(Ahora los ojos son irreales en cada mordida que nos depreda:
es así de simple en la orfandad del sereno,
en el ardor del galope que nos trastorna, en aquella sombra
de tristeza, sal de perplejos hollines. Líquida sal sumergida en los poros.
Nos queda, sin embargo, seguir exhalando nuestro País:
Morder sus monumentos nacionales, abrazar las carrozas,
Encenderle velas a los inmortales, colocar flores en las lápidas,
Celebrar el día de los tamales pisques, desparramar el alguashte
De la noche en la pepitoria de las guitarras.
Lo demás, bien lo sabes: el País transcurre, intangible en mi boca.)

Barataria, 07.II.2011