En el escalofrío del desvelo, el vértigo se torna árbol de balcones;
la noche toca su claridad sonámbula: ahí la sombra despiadada
de los maleficios, la lengua suburbana de las estrellas,
el cansancio hermético del moho,
la memoria en el ombligo de las hipótesis o en la hipotenusa
del remedo, cúpula del laberinto de las llaves.
PEDAZOS DE SED SOBRE LA AURORA
tiene el tacto de cuero de la noche dormida
y el corazón de hierro del pajar de la sombra.
Todo irreal…
Catedral de salitre con el serrín del alma,…
PERE GIMFERRER
En el escalofrío del desvelo, el vértigo se torna árbol de balcones;
la noche toca su claridad sonámbula: ahí la sombra despiadada
de los maleficios, la lengua suburbana de las estrellas,
el cansancio hermético del moho,
la memoria en el ombligo de las hipótesis o en la hipotenusa
del remedo, cúpula del laberinto de las llaves.
Mordemos el cielorraso de las criptas: nos harta la racha incompleta
de imágenes, los intestinos descuajados de las calles,
el ojo cerrado de la mendicidad y el odio, la infinitud del mar
en la vasija del pedrusco, en el plato roto de la sal y la espuma.
En las espigas amarillas de la aurora, lanzamos desde la frente
peces ciegos, como una sombra mojada en el espejo
de la cruz rodando en el atrio distante de lo blanco;
para cada pedazo de sed en las vigas de la vigilia, los vidrios
del cielo al borde de las pupilas,
en el papel líquido de las aguas, en la escalera de pétalos que trepa
al eucalipto del pecho.
La sed ha ido volando como una luciérnaga en medio de la noche:
(vos y yo, apuntalamos los colores del arco iris;
mordemos las semanas de cejas,
murmuramos en el viento dirigido de las moscas, mordemos
el itinerario de las cáscaras, sitiamos a los habitantes sordos
de las herraduras, comemos puertos abandonados en la respiración,
hacemos elásticos los relojes,
celebramos, de pronto tanta saliva en los periódicos.
Pero la sed sigue ahí, en abeja pesada de las campanas, en la luz
despierta de la espera: nos azota el fuego redondo de los fósforos,
y ese claroscuro filtrado en las puertas,
y esa sal desesperada de los brazos y ese aullido de pupilas.)
la sed me hace inventar pasadizos secretos: días errantes
de aguas, ropas con boca de pozos, ríos con antenas parabólicas,
arados de anhelante fiebre, azucarados alfabetos.
En cada sueño, le abro océanos a los barcos: en cada boca
un cántaro de gallos, gotas múltiples de harina, orgasmos donde
estalla el agua exacta, inmensa, de la ternura
con sus bocas de césped.
En cada pedazo de sed, el tacto nos convoca para su desahogo:
bajo las siete cabritas del lecho, cuerpo a cuerpo, la lengua
hace su propia faena: busca arder en el agua,
hasta derramar los ojos sobre el ala que tambalea en el deseo.
Barataria, 06.II.2011

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada