lunes, 21 de febrero de 2011

OFICIO DEL TIEMPO


¿Se detiene el silencio en cada lágrima que dicta el dolor o la luz,
los espejos personales hasta el cuello, la respiración mutilada
del día con las puertas a la hora de la mendicidad?
—Juega la metamorfosis debajo de los huesos, la invasión
de los océanos en las rodillas,...


OFICIO DEL TIEMPO




creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.
FÉLIX LOPE DE VEGA




¿Se detiene el silencio en cada lágrima que dicta el dolor o la luz,
los espejos personales hasta el cuello, la respiración mutilada
del día con las puertas a la hora de la mendicidad?
—Juega la metamorfosis debajo de los huesos, la invasión
de los océanos en las rodillas,
la lanza en el corazón del césped, el imán de los muertos
en el pensamiento de las catacumbas, el calendario como fuego
de catástrofes, museo del gozo celebrado en los truenos de la vendimia.
(De cierto que la noche trae universos de tijeras:
altas latitudes de bocas entreabiertas, calles terribles de espejos
donde la sed se despliega como una cadena de áspero hierro.
De cierto criamos ojos en el sonido del fuego: masticamos los sueños
del faquir entre perseguidos caminos de polvo,
escaleras ciegas hacia las alambradas del cielo con llaves
de siniestra herrumbre.)
Mientras los años van colgando de las cenizas, la cometa
de los barcos languidecen; cambia este estrépito de subversión,
rompe el oleaje del pecho la multitud de vísceras incendiadas.
Los días hablan con sus mortajas silenciosas: espejos próximos
al rostro, manos de tierra lejana, exilios de la memoria marcados
por la sal, por toda la lava en el traje de las alas.
—Somos aquí, en el ruido del vacío, la estación sin campanas
del ombligo, ese sólo planeta náufrago de la duda, el océano
fosforescente, sin azúcar: espigas oscuras con la fatiga enronquecida
del reloj, dientes líquidos del hollín en la parálisis de la almohada.
¿Hacia dónde vamos, nosotros, habitantes del cielo falso
del sonambulismo, de los zapatos sin soles,
de los párpados ahogados en la cruz, trenes de polvo, imanes
de creciente luto, sonidos de promisorios féretros?
—El tiempo nos reclama, nos convida a su sala mayor del caos:
colgamos la grieta de la sal, en la viga de las estrellas;
vemos desde el umbral, la luz oscura del laberinto de los meses,
la casa de la lluvia implacable,
la propia celebración de la salmuera construida con el tacto,
la piedra agria de la noche rasgando la lengua,
la puerta que no encontramos en la hora de los muebles: pero así
es el oficio del tiempo. De este tiempo que nos devora
sin resucitarnos, de rodillas como un beso árido en la boca.
Mientras muero en la exclusividad de los rincones, sobre paredes
Sordas, simplemente, el sudor hace estatuas profundas en la piel:
Urde sus propias aguas de insectos…

Barataria, 18.II.2011