martes, 15 de febrero de 2011

FUNERAL DE LA MEMORIA


En el esplendor de la oscuridad, la inefable habitación del último
cierzo, los avisos clasificados de los cumpleaños, el cristal
de la memoria en los despojos de las telarañas: el epitafio sobre
la envoltura del frío. En perspectiva, el trapecio del calendario,
suda el crepúsculo del azúcar, con lento sabor a decapitados.


FUNERAL DE LA MEMORIA




nada más que un reflejo
equívoco un deslumbre
frágil de sol un poco
de ilusión allá enfrente
Sólo un cristal la vida.
BORIS VIAN




En el esplendor de la oscuridad, la inefable habitación del último
cierzo, los avisos clasificados de los cumpleaños, el cristal
de la memoria en los despojos de las telarañas: el epitafio sobre
la envoltura del frío. En perspectiva, el trapecio del calendario,
suda el crepúsculo del azúcar, con lento sabor a decapitados.
Asisto, con la piedra yugular de los féretros, a la oscuridad del alma,
con su escenario de líquidos escalofríos.
La orfandad queda, también, en el ojo en medio de la niebla:
ciegos sentidos en las manos del humo, ciegas esquinas de la alegría,
ciegos balcones de las palabras,
ciegos escapularios en el humo del cigarro,
Espejos de madera en el cuerpo disuelto, la memoria desfallecida
en mí, en los días,
en cada diente que ahora muerde las puertas,
en cada zarpazo que me dieron tus muslos, en cada vaivén
de los orgasmos, se disuelve el alma junto a la demencia:
convocamos la risa para despedir los ceniceros, (vos, yo, siempre
desvanecidos en el sueño de las tijeras; en la risa besamos la evasión
de toda pirotecnia, los relojes acostumbrados
a detenerse en las laderas;
babeamos frente a nuestro propio suicidio,
la noche entera es nuestro bosque: la guarida para nuestros
huesos, el fin de la hora nona de la saliva, el fin del hálito.
Asistimos a la tumba, con nuestros propios escapularios,
atravesamos las larvas del crepúsculo, la poca luz que nos dejan
los días de sed, las ganas de ser, pronto, cadáveres:
no maniquíes con una lápida y epitafios,
no cielos extraños en la punta de los calcetines, no simple demencia,
no ese papel arrugado en las calaveras del papel,
sino póstumas atalayas en el atrio del relincho, en la caries del césped.)
Morimos jóvenes: tal mueren los pájaros.
Morimos atizados por relojes sin respuestas: morimos abriendo
la cocina de las manos, invocando, las aguas de los himnos;
la desnudez, ciega, comió los rostros y la memoria:
—nos queda la escoba de lo grotesco, atravesar el túnel de los recuerdos,
(no sé si el suplicio de las sangres)
Y ordenar nuestros huesos y enterrar cualquier remordimiento.

Barataria, 11.II.2011