Cruzamos cada instante entre los vilanos del polvo, entre faenas
inciertas granito: nos mueven los taburetes, el ojo disperso
de las bridas, la correa de la sal en los poros, los fósforos del ocote
en su constante horizonte de olfatos;
he aprendido que nada es perdurable y que no hay alacenas,
Fotografía: Paolo Neo
EN MEDIO DEL CAMINO, EL INSTANTE
A medida que nos aproximamos
las piedras se van dando mejor.
OLIVERIO GIRONDO
Cruzamos cada instante entre los vilanos del polvo, entre faenas
inciertas granito: nos mueven los taburetes, el ojo disperso
de las bridas, la correa de la sal en los poros, los fósforos del ocote
en su constante horizonte de olfatos;
he aprendido que nada es perdurable y que no hay alacenas,
sino momentáneos arco iris en el sueño, diluvio de olvidos y escorias
en cada pedazo de calendario:
—anhelo una puerta con panes o tortillas para esta hambre
de abierto pecho; la falsa luz de los buenos no tiene domingos,
ni hora para abrir el libro de los cementerios.
Para la memoria, lo mismo da la vida o la muerte, la piedra, el ojo
ciego de las fragancias en el poema de la aurora.
Ahora es menester vaciar los ojos en cada ahogo: dejar el alma
al punto de los ayes,
adentro del acordeón de la risa plagada de esquizofrenia;
ahora estamos en el perenne páramo de la ceniza, muriendo
de recuerdos, mordiendo las grandes fotografías de lo inefable,
mirando los sombreros apretados de la flama:
el día nos llena de labios deshechos, rostros que el olvido hala
como una piscucha hacia el tobogán de la oscuridad.
Nada nos sostiene, ni siquiera el horcón de fondo de los bejucos;
caminamos en el desvelo de los ojos,
durtados de estrellas,
con la brida del sollozo en las manos, con tantos días sin amaneceres,
con el hollín debajo de las axilas,
solitarios carbones alrededor del poyetón improvisado de la vida.
(Vamos y venimos, ahí el pozo que nos desvanece;
los mordiscos de la prisa, como espectros cuesta debajo de la risa;
hablamos en medio del humo de las luciérnagas:
cada vez la posibilidad de salir a flote es remota, cada vez el hálito
se vuelve irreparable,
cada vez la respiración pierde sus pétalos.
Entramos a ese hangar de los invernaderos: vos, yo, entumecidos
en el corredor solar de la ceniza, en el cactus de los espejos,
en el susurro oscuro del césped.
Cada vez nos volvemos la misma historia sin nuevos parlamentos:
morimos cansados de morir en la oscuridad aviesa del fragor;
sobre la espalda los escarabajos, no la alforja de la Esperanza,
ni el aire despierto de las campanas.
Sólo hemos aprendido a sobrevivir, a sobrellevar la obediencia
De las escaleras para subir o bajar el zumo del calendario.
Hacia la noche, hacia el camino, la mejilla rota en las manos,
Y la carcoma de los días felices…)
Barataria, 01.II.2011

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