Un día me dijeron que la sed era solo espejismo en el aliento;
a menudo deambulo en la propia intemperie de la lluvia, deshaciendo
las páginas de la diáspora,
el revés vívido de la angustia, sumo taller de la sed.
En el incensario solo la luz templa el infinito; lo demás es yesca:
páramo abismal en la gaveta de los pañuelos,
Fotografía: Paolo Neo
EJERCICIO DE LA SED SOBRE EL ROCÍO
Yo inventaba memorias.
Las aves se fugaban por las rutas del aire,
Y era mentira la totalidad de la noche.
RICARDO LINDO
Un día me dijeron que la sed era solo espejismo en el aliento;
a menudo deambulo en la propia intemperie de la lluvia, deshaciendo
las páginas de la diáspora,
el revés vívido de la angustia, sumo taller de la sed.
En el incensario solo la luz templa el infinito; lo demás es yesca:
páramo abismal en la gaveta de los pañuelos,
indigencia de los grillos,
feroz cristal en la arcilla de los alelíes.
Diría que me pierdo en las aguas secretas del lecho: el salvavidas
se inmuta frente al espejo, el huracán trasegado del alambique,
la cisterna de los libros, el mundo borroso de los bejucos,
el padre nuestro hasta el cuello del universo,
el agobio del vinagre elevado a hazaña de Estado:
somos después de todo un riesgo latente en la página de cada mañana,
en el tragaluz recóndito de los expedientes x,
en el laberinto diseñado para los dientes, donde no cabe la fatiga.
Nos inventar pistas de aterrizaje para el reloj inquietante
de las dunas; así es como en la ebullición mordemos la espuma.
Nunca agotamos la gema del musgo de los litorales: siempre la sed
con su dócil agitación de medianoche,
con el aplomo de los cuetes,
mar adentro de los vitrales, encima del cobre de las campanas.
A diario me toca inventar tecomates: persigo paisajes al punto
de la lluvia, oficios donde la luz esté presente por si acaso.
No me fío de las costuras del azar, ni de las invocaciones sacras,
ni de la danza agónica del murmullo,
ni del trapecio que subyace en cada respiración, ni de los aerobismos
perfumados de los contenedores, ni del resplandor de plata
de las escamas cuando todo es pozo irreal de los estiajes.
Prefiero creer en el camello que atraviesa el ojo de la aguja, al rocío
que pueda derivar de las máscaras,
al camino absurdo de las pelucas, a la animación del vello púbico,
sosteniendo mi vigilia de búho ciego:
al final, la sed es un despojo de relojes: inclemencia de hogueras,
simple hendidura del barro, querencia del desierto.
Al final, nada es si falta el vuelo: la entraña real de los nombres
queridos, —vos que pusiste los párpados de espalda, y ofrendaste
la noche y la tristeza y el peaje y diques, en vez del agua;
en otras latitudes, la ventana del rocío, la alacena del agua,
cuando el eco, deshumedecido, de súbito devora…
Barataria, 30.I.2011

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