lunes, 7 de febrero de 2011

AGOLPAMIENTO


En las manos, deshecho el fuego de las mariposas, —la brea del olfato
en el pecho, las criptas velando los destellos.
El puño de las sombras donde habita el polvo: anaqueles de exacta
concavidad, filmes de desconfiadas horas, travesías
de galopantes zapatos, lenguas intestinales gruñendo en la noche.



AGOLPAMIENTO




Hecho visible cúpulas reales alcázares en las aguas reflejados pencas de agua
lacerando el asno de la virgen.
JOSÉ KOZER




En las manos, deshecho el fuego de las mariposas, —la brea del olfato
en el pecho, las criptas velando los destellos.
El puño de las sombras donde habita el polvo: anaqueles de exacta
concavidad, filmes de desconfiadas horas, travesías
de galopantes zapatos, lenguas intestinales gruñendo en la noche.
Todo el tiempo se me va agolpando en el berro de los sueños:
—pero todo es incierto, lacerante granero de sombras,
ccéano de piedras en los poros, guantes de fallecida ceniza;
en las aguas del cielo no cabe mi cama, ni la sábana arenosa
de peces, ni las arrugas del País con tantas noches acumuladas.
Ahora debo andar en el sigilo impuro de lo amargo:
correr tras los dedales del hilo,
morder las espuelas y los estribos de las monturas,
sospechar de las llaves, los anteojos, de la brújula maravillosa
de los cordeles;
debo cuidarme del sarampión ardiente de las sillas,
de los cuchillos en los dedos tocando el suspiro,
del espesor del moho,
del museo de zapatos que ha construido pacientemente la historia.
—Pero no sólo eso: es necesario pensar en las escuelas del miedo,
en las mangueras de la luna, en los secretos de la bestia que lanza
fuego, en aquellos pergaminos de hollín en las pupilas.
(También debo pensar en el cocotero del sudor echado en el ombligo:
en la cicatriz que aúlla como un perro hambriento,
en los harapos del sudor,
en el metal del azúcar de la tormenta,
en las parábolas prolijas del apareamiento: de todas formas,
a la hora del nido, —soy y no soy, sos y no sos—: insectos masticando
el estiércol de los pájaros, la soledad sin reposo.)
En este viaje de muertos, es duro el calendario de los féretros.
En esta tierra cansada, gimen las melódicas,
eota el ventarrón circular de las aldabas,
el chupamiel pierde sus mañanas de calostro.
Caminamos dentro de la cesta de las palabras agudas: el frío
es intenso; la noche muerde los horizontes distantes. En el día,
las abejas pululan entre peces de sal temblorosa,
entre campanas rotas por la conciencia.
¿Hasta cuándo el trueno en la boca de las ferreterías,
en el hacha porfiada de las pústulas,
en cada recuerdo que asume su propia vestimenta? — Sombras hay
en cada dentadura de los contómetros;
en cada reloj trabajan eternamente los asteriscos: así estamos,
agolpados, en cada pared como sombra o caligrafía del destiempo.

Barataria, 04.II.2011