Alguien siempre camina con nosotros en el sueño: alguien muerde
sus propios costados, el destiempo en los labios,
la propia sombra que suelta juegos artificiales, el día desde dentro
con sus propios malabarismos de clown,
las páginas del suicidio con residuos de pólvora o gasolina,
las privaciones que da la neutralidad de los colores.
Fotografía: Paolo Nero
TRASTIENDA DEL ESPEJO
Alguien siempre camina con nosotros en el sueño: alguien muerde
sus propios costados, el destiempo en los labios,
la propia sombra que suelta juegos artificiales, el día desde dentro
con sus propios malabarismos de clown,
las páginas del suicidio con residuos de pólvora o gasolina,
las privaciones que da la neutralidad de los colores.
Sólo las paredes nos afirman en el límite de los adobes;
ciegas las aguas del otrora en los pies, los adjetivos itinerantes
de las llaves en la cerradura del agua y las alacenas.
Quizá un día nos toque colgar los ojos en las enredaderas,
copiar del espejo la imagen radicalmente opuesta a nosotros,
hacer atarrayas con los hilos de la muerte, negar el equilibrio
de los desniveles, cifrar las palabras en las alambradas,
diseccionar los peces con el filo de la lengua.
En este mundo de sílabas, hay que abandonar las casas sin puertas;
así me lo dice esa otra sombra gratuita de la hipnosis,
la agitada nube en el ojo del abismo, el seno estrujado
por el calendario, la ira del fuego escapada de los fósforos,
el césped de la espuma con lunas menguantes.
Nos desangra la desnudez del firmamento con sus pájaros llagados;
arrecia el cloroforme en las camisas, en las persianas de inocencias
purísimas: en los posters que nos sirven se cama para ver la luna
en las apacibles laderas de la yerba;
cuanto más el éxtasis en la trastienda del espejo,
el destino hechiza con su tersura: sorprende la fronda de la desnudez
y todas sus horas de poros; aparecen los brazos en la sombra
de la ceniza, —embriagan las escaleras en la garganta,
esta dulzura de piedras para ser feliz, los árboles de las axilas,
el gemido donde la realidad es una gran herida.
Miramos, fijamente el alfabeto de la piel, hasta sangrarlo.
En el fondo, las aguas de la sal traspasan la carne, la mano
apocalíptica de los lavatorios, el vidrio ensimismado de las palabras,
la luz hendida en el último orificio de la luz.
En la noche somos esa isla derramada en la almohada: ahí sólo
los tuétanos de la clarividencia,
el ronquido de las sábanas, el caldo ensordecido de los poros;
ahí, ofrecida la imagen al suspiro: —al ardor derramado de las uñas,
a la claridad oscura de los cielos en su plomo efímero;
allí plantados como rocas sin ningún algoritmo, simplemente
plantados, cansados de los sueños, ardidos de tanto mundo ciego,
repartidos en el murciélago de la oscuridad, comidos por el hálito
de las estatuas, rotundos en el destello adusto.
—(Alguien siempre camina junto a nosotros con su propio
desfiladero; cede la luz, la noche de los sentidos, la ventana
sin cortinas a la piel del cielo.)
Barataria, 15.I.2011

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