Amanecemos cuando la palabra muerte se ha vuelto un colectivo,
cuando las estanterías del incienso se rompen, justo en el cordón
umbilical de los guacales del no ser de los tejados.
¿Es posible algún respiradero, aun en el fondo de los párpados
doblados por el odio de las paredes,
Ilustración: Fotografías gratis
TRAGALUZ PERPETUO
es la muerte eterna quien –royendo cuerpos y rostros-
otorga a algunos ese encanto inolvidable
de las viejas cosas que han perdido el dorado Extremos de cordón roto
MICHEL LEIRIS
Amanecemos cuando la palabra muerte se ha vuelto un colectivo,
cuando las estanterías del incienso se rompen, justo en el cordón
umbilical de los guacales del no ser de los tejados.
¿Es posible algún respiradero, aun en el fondo de los párpados
doblados por el odio de las paredes,
por el deseo tuerto de la exclusividad, por la pierna de punta a punta
con la saliva del seno detenido en el amanecer?
—Los ojos del suicida equivalen al hueso del abismo: nos confunde
la calle con el tragaluz de sus dedos cortados por la luz disfrazada
de boca, por la soledad de las palabras
acostumbradas a deslizarse a través del tobogán de la garganta;
amamos y morimos a perpetuidad, casi como una enfermedad
consuetudinaria, a golpe, crédulos, incrédulos, visibles, invisibles,
inventando la apariencia de canceles,
mordiendo la anatomía del juego y del fuego, del mantel de los colores
sobre la mesa. (Nadie puede ser feliz en la oscuridad de otros ojos,
ni siquiera expropiando la inminencia de la noche,
ni ofreciendo quitar las lágrimas del hambre,
ni saludando con sombrero ajeno los días sitiados por el filo,
ni desatornillar la puerta de los encajes sin miramiento alguno.)
la perpetuidad es más seria que una fotografía en sepia;
ninguna puerta se abre por la simple claridad del día; siempre hay
que abrirle un agujero al candado de la conciencia,
desabrochar las palabras del pecho, deslizar el jabón en la acequia.
Hay días que son perpetuamente crueles en la bacinica de las pasiones:
—por eso es necesario palparse en la lluvia de algún muelle,
ni un sofá donde el perro retuerce sus certezas,
en el pecho desparramado de las estatuas sin ninguna conversión,
ni posibilidad de que el enemigo duplique su sarcasmo.
(Al final, a decir verdad, me río de todos los enfados: me río del reloj
despertador, del sabio que abandona la materia; me río de la desnudez
en la boca y la cicatriz que aún es visible en el taburete del alma.
De hecho también me río del olvido a flor de epidermis,
De la historia sudorosa en la sal después de largos dedos de adioses.
¿Somos muchos o pocos los que buscamos la próxima palabra,
el trasiego del alambique a la boca, hasta irradiar la mesa
o el nido del dibujo en el pensamiento? —Hemos cambiado tanto,
que la muerte, hoy, es vegetal diurno; y no creo que haya activistas
que paren esta cantera de huesos; —ni siquiera vos que siempre
te quedás en los puntos suspensivos del jadeo, en ese otro tragaluz
apoyado por máscaras. En esa plenaria de banderas en cementerio.
Después de todo, la perpetuidad nos propague como el kerosene.)
Barataria, 04.I.2011

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