martes, 4 de enero de 2011

SUSPIRO ROTO EN PALABRAS FUTURAS


Viajas y te encuentras con tus coterráneos hablando de pupusas,
de tamales pisques, de dulces de ayote, del sabor infinito
de los lorocos en la sopa de gallina india; regresas y te encuentras
con lo mismo: esa bebida plena de la chicha, leve, luminosa.
Ilustración: Imágenes gratis



SUSPIRO ROTO EN PALABRAS FUTURAS




Bien puede hablarse de encanto
ignorar el mecanismo de las repulsiones y los rasguños
ALEJANDRO PUGA





Viajas y te encuentras con tus coterráneos hablando de pupusas,
de tamales pisques, de dulces de ayote, del sabor infinito
de los lorocos en la sopa de gallina india; regresas y te encuentras
con lo mismo: esa bebida plena de la chicha, leve, luminosa.
Reniegas cuando te vas del País porque éste es invivible; pero luego
lloras la ausencia de la sopa de patas,
la cuajada, los huevos a la ranchera: el correo se inunda de queso duro
blandito y no de postales de nuestro rincón mágico.
—Seguramente el País duele con sus cayos endurecidos,
Con su feroz brama de botellas consumidas, con sus semanas de aceite,
Inmutables gotas en los calcañales.
Hoy son ilimitadas las palabras en los cementerios: el perenne
escondrijo al filo de la desnudez; por cierto, es increíble la lucidez
del rocío en los reflectores dormitados de la basura.
El único recuerdo posible son los tamalitos de elote con residuos
De chicharrones; elotes asados en las brasas con leña de madrecacao
y limón indio. (La nostalgia se enrolla como una serpiente
en la maleza de la memoria, pero termina siendo una puerta al escombro.)
De ahí que sea mejor aguantar a este País, casi inmutable,
casi plaza picoteada por los pájaros.
Hay que suspenderlo en la olla de barro del tiempo;
hay que hacerlo florecer en los cinco negritos del ojo de agua,
debajo de la mata de majoncho, en la dulzaina seca de los ejotes,
en la arganilla negra del pijuyo,
en el izote adormilado de la bruma.
Quizá debamos tatuarnos los nances y los jocotes de iguana,
los nísperos y las cincuyas; los chiltepes y la hoja de mora.
Quizá sea indispensable llevar el raciocinio a los curules; morder
los azacuanes, desplumar zopilotes, domesticar la iguana verde
de los sueños hasta que la luz responda a las cucharas.
Quizá debamos acudir a los ojos limpios del niño Cipitío
vigilar a la comadreja, limpiar el cerco de piña por eso de las cotuzas,
hervir el agua de las doctrinas,
mutar la saliva y las túnicas, resplandecer en los adobes,
disfrazar la lagartija con el aro iris, hacer de la cocina de leña
estatuas de carbón, demoler la sordidez de las palabras,
volver al tren de las quemaduras,
quitar el punzón de los espejos y ser felices:
con las manos se cambia este trasmundo de muros y cerillos.
Con las manos no sólo los discursos…

Barataria, 03.I.2010