Pudiera, hoy, dormir en ausencia de tus ojos: ciego, en la penumbra.
Vos, sin descender a la tierra de mis manos,
sin la tempestad de las sábanas, sin los pretéritos inesperados.
—El polvo teje cortinas inagotables, catástrofes con ávidos dinteles,
acasos que nos dejan en la penumbra;
Fotografía de Paolo Neo
PUDIERA DORMIR SIN TU PRESENCIA
deja una huella: pie que no se posa
y yeso que se apaga en el silencio.
ALÍ CHUMACERO
Pudiera, hoy, dormir en ausencia de tus ojos: ciego, en la penumbra.
Vos, sin descender a la tierra de mis manos,
sin la tempestad de las sábanas, sin los pretéritos inesperados.
—El polvo teje cortinas inagotables, catástrofes con ávidos dinteles,
acasos que nos dejan en la penumbra;
los guantes del tiempo asedian como sótanos abandonados,
hay aludes de espuma desoyendo los ecos,
los puñales que se agolpan en la herrumbre, las sílabas grises
del rostro en la orfandad de los armarios: de pronto hay cirios de sal
con pústulas en las manos,
batallas que sólo conducen al cansancio, trasmundos de hogueras
que nos incendian de escombros;
pétreas historias que sólo acontecen en el azufre, acasos usurpando
el sudor de la sed, —días en fin, que esperan en la piel, el talud jadeante
de la noche, el patíbulo de las gaviotas en los muelles.
(Está la inminencia de lo yermo en el incendio del calendario:
a menudo la luz sombrea en las manos, deseos proscritos, sordos
espejos en la boca, hierbas de irreconocible aliento.
Pudiera dormir sin que las palabras tiemblen, sin que hagan falta
a la hora de sobrevivir en un jardín de sordos.
En la noche me astillan todos los cadáveres secretos de las sombras,
llamando a la puerta como visitantes del olvido;
desciendo hasta el pozo donde se hospeda la desmemoria de los muertos:
los féretros están ahí, simplemente, cabalgando
como calles, como la puertas cada día de la ceniza.)
hasta ahora el tránsito desoye la respiración: la histeria desviste
el sofoco; el caos no jubila el hambre ni las calles se llenan de azúcar.
Después de todo, ya me acostumbré a vivir entre las arterias rotas
de la Patria, con sus miedos y alborotos,
junto a las alambradas del desconsuelo, al brazo que desconoce
las orquídeas, a la preeminencia de la tortura.
—Vos, de pronto, mordida por los tatuajes de los espejos: con la náusea
despedazada de los arrebatos, con los dedos en el estío.
Nunca fue fácil soportar el desvelo en canastos amarillos, a expensas
de los insectos de la niebla que picotean los poros y el alma.
Ciertamente, pudiera dormir sin tu presencia, pero sería calcinar
el césped de las sábanas, el aroma ascendente de las aves,
—sería, estar aquí, mordiendo la soledad de los ataúdes, el tiempo
Inmóvil, sin ablandar la miel del abismo.
un día, después de todo, me encontrarás dormido en la propia
demencia, dentro del navío abierto del desánimo, como una piedra
gris en las palabras, como un recuerdo en la taza de café
pronunciando la desnudez del olvido desde el silencio…
lo demás es historia, simple historia sobre el mantel del calendario.
Barataria, 08.I.2011

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