Caminamos en medio de huraños e inhóspitos sueños: las llamas
del naufragio muerden el pecho; a menudo son ilegibles las aguas
de la demencia, cuando el ventarrón de los orgasmos es póstumo,
y las aceras se vuelven claveles iracundos;
(algo me dice que el reloj tiene dunas inefables: ramas
de atávico escepticismo, negaciones no necesariamente dialécticas,
manojo de costuras como un oráculo incierto),
Fotografía: Jon Sullivan
PALPITACIÓN INHÓSPITA
Caminamos en medio de huraños e inhóspitos sueños: las llamas
del naufragio muerden el pecho; a menudo son ilegibles las aguas
de la demencia, cuando el ventarrón de los orgasmos es póstumo,
y las aceras se vuelven claveles iracundos;
(algo me dice que el reloj tiene dunas inefables: ramas
de atávico escepticismo, negaciones no necesariamente dialécticas,
manojo de costuras como un oráculo incierto),
que rompe con el bosque de los minutos.
Algo me dice que las puertas desclavan aldabas fúnebres;
y que el País sigue siendo un anhelo en la garganta.
En los ascensores extraño el eco de los candiles: —el pulso agoniza
en el agua de las miradas, números ciegos sube el nivel
del vértigo, y la sal cristalizada en los sombreros.
Por cierto que la aridez, no tiene ropa ni ornamentos, salvo el aliento
seco subiendo en triciclos las horas difuminadas de la hojarasca.
La publicidad perdió sus trozos de piñata;
el aliento trituró sus propia dulzaina, la bonanza insomne del humo,
el bisturí apabullante en el aire;
de pronto miro, con estupor, ciertos brebajes insólitos: el cuaderno
de la intemperie sin ninguna guitarra, los crímenes, las estadísticas
de los muertos en papeles corroídos por la desidia,
los esparadrapos en el rocío,
ciertos monólogos apocalípticos sobre las aceras como neumáticos
gastados, manchados de tiempo y sopor.
Uno nunca sabe qué vendrá después de esta violencia galopante:
—cualquier ventana que se vislumbre se torna profética;
cualquier oscuridad es mejor que esta raja de ocote desteñida
por la sangre, sórdido peldaño de persianas,
resabios de pues de la hoguera que nos muerde hasta los tuétanos.
En un momento el paisaje adusto eriza los poros:
cuelgan en la conciencia los hilos rotos de las palabras, el machete
de la injuria, los fines de semana sin alambiques,
el “sálvese quien pueda” del insomnio, de la persiana rota del tatuaje,
junto a la sequedad de las paredes.
Vivimos en la obsesión más profunda del éter: el ojo desintegrado
nos acecha con ese galope adusto de los cuervos.
Al final, ni siquiera la espuma tiene reposo en el pulso de la lengua;
ni siquiera las tijeras, las alambradas, los signos zodiacales,
la brea del espejismo, los racionalismos a ultranza,
las fábulas y las parábolas que nos consumen en el catecismo.
(Al final, sólo nos queda, después de santiguarnos entre las moscas,
Seguir la misa de esta palpitación inhóspita como si nada pasara,
Como si todo fuese al olvido, incluso la anemia y los dogmas.)
Barataria, 22.I.2011

2 comentarios:
Me gustó mucho esta prosa André.
Un gusto leerte.
Gracias, amigo Harris, por su visita y honor de leer mis desvaríos.
André Cruchaga
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