jueves, 27 de enero de 2011

MUSEO DE LA RISA


De pronto, sin libertad de conciencia, nos hemos convertido en museo
de la risa, morosos perfumes de la sed y los sueños;
ahora se difunden las mentiras como cucharadas de azúcar:
en las manos de cada día, hay apretados becerros de oro,
y nodrizas para dictaminar el suicidio colectivo.
Fotografía: Jon Sullivan



MUSEO DE LA RISA




El Más Allá no me concierne. Me quedo aquí.
THIAGO DE MELLO




De pronto, sin libertad de conciencia, nos hemos convertido en museo
de la risa, morosos perfumes de la sed y los sueños;
ahora se difunden las mentiras como cucharadas de azúcar:
en las manos de cada día, hay apretados becerros de oro,
y nodrizas para dictaminar el suicidio colectivo.
Alrededor de medianoche, los relojes vacíos de pájaros; el caos
como sabia infusión del granito, los relojes sumidos en la bifurcación
de los vados, la crisis cotidiana: monotonía del júbilo,
esbelta lengua en la siesta de la fatalidad.
Nos muerde la avispa de la ceniza, los días fatídicos del grito,
el desnivel de los abrazos sin manos, los peces atropellados del vocerío,
—esta dura distancia a la planicie del día.
(Hemos soportado todos los vejámenes posibles, las esquinas
del círculo de la respiración; caminamos con la vena rota de las calles,
ensayamos plenarias para bodegas de grises;
nos muerde los pútrido de un mango maduro, el pulmón carcomido
por los tuétanos, el carcinoma de la ansiedad multiplicada
en frascos de jarabe, los comunicados de prensa con sonrisas
socarronas, la estulticia plenipotencia de los atriles.
Cada vez la risa se convierte en museo: el ceño es una cárcava
de apretadas bartolinas;
el País es un desvarío del tamaño de la Vía Láctea: son todos
los kilómetros de tristeza cumulada los que desaliñan la luz de los días;
no hay semanas asequibles para los peatones,
acaso disponer de la turbiedad oscura de la cama.)
cuando el aplauso, pensamos en calendarios menos indolentes;
ante el desamparo, pensamos en la complicidad de la compañía,
en otro destino sin tedio
y sin asedio de mazmorras; no pensamos en este cataclismo, sino
en el bien ascendente de la ruda, en el aliento con puentes sin fatiga,
en escaleras de perenne congruencia.
Y tal vez, en un benévolo desvelo.
Pero no ha sido así: a la mesa asciende el muñón de los espectros,
el mismo discurso articulado en reuniones secretas,
el rococó de las palabras, el follaje adusto de las azoteas,
el embuste de los absurdos,
las fábulas de Esopo o Lafontaine para moralizar la infamia.
(Por todo, nos hemos convertido en esa especie de museo:
sobre el mantel del País, el barullo, el estío con sus ruidos de sed,
la máquina violenta de los desgarramientos,
los lentes antisolares para ver azules las nubes,
la vocación de jugar al zigzag de la claridad, la Esperanza del tamaño
de un grano de mostaza, el horizonte sin salvar las parcelas
necesarias del aliento…)

Barataria, 24.I.2011