Como la noche la piel abatida en el despertar de los ojos. Los dardos
súbitos al caer el alma en la fosa común de los cuadernos gastados.
Calla mientras muere la almohada donde duermo.
Aquí nos alzamos en el buey muerto del escombro, en el casco
tembloroso de los ángeles, en la ira descargada de las sombras.
Las esquinas de la vocales, por si solas, muerden el árbol vertical
Imagen: Fotos gratis
LECTURA DE LA HERRUMBRE
Une épaule d’après-midi/Demande le fouet
L’écorce rit comme un miroir
L’eau répète avec des mains de neige
Il faut bien que les mots s’en aillent
Épaule nue
Arbre d’ombre et de feu.
JEHAN MAYOUX
Como la noche la piel abatida en el despertar de los ojos. Los dardos
súbitos al caer el alma en la fosa común de los cuadernos gastados.
Calla mientras muere la almohada donde duermo.
Aquí nos alzamos en el buey muerto del escombro, en el casco
tembloroso de los ángeles, en la ira descargada de las sombras.
Las esquinas de la vocales, por si solas, muerden el árbol vertical
del escaparate que yace la garganta;
nunca encontré otra verdad que no fuera en los delantales
de la herrumbre y su secuela de relojes grises y sus rincones de hielo;
por cierto que en los jardines del ocaso las máscaras caen
como el subibaja de la maroma de los párpados, gastados en la caída
de los techos: hay tantas tumbas en las manos
que es imposible no ver cementerios en los poros, en las sienes,
en las uñas que alguna vez, han servido de azadón o arado.
(Quizá un día podamos ser felices junto a los escapularios: desnudos,
sonando en las campanas,
ganándole al guijarro su propio oleaje, sosteniendo el norte
de los pájaros en el cuerpo, mordiendo el pozo de las absoluciones,
andando mientras nos perdemos en las aceras: somos seres
simples, aunque nos vean como extrañas criaturas mojadas
por la ausencia de claridad, aunque nos adivinen la madera hipotecada
del alma, aunque robemos palabras al pasto de la Esperanza.)
—Con vos las noches pervertidas de las cuerdas de la saliva,
las lecciones del carbón en los nudos de la caligrafía,
el símil borrado del cine mudo
en los dientes, las sombras insaciables de la ponzoña, el brazo
alargado del infierno, tocando la trastienda del moho.
Morimos en esta suerte de cine pornográfico: junto a las fotografías
que desecharon los labios, el desgarramiento zurcido de las alas,
el violín seco de las alacenas,
los golpes bajos de la lluvia con sus acequias de ceniza.
A menudo el frío se siente en el desvelo de las puertas: corroe
la deshora del hastío con la cruz puesta en taburetes;
la covacha del hollín no deja incólume al silencio: las cadenas
se tornan amuletos en las aguas de la piedra, en este trajinar
sobre el abismo ciego de las acechanzas.
Así caminamos, reclinados, en el poyetón de la garganta…
Barataria, 05.I.2010

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