domingo, 23 de enero de 2011

INVASIÓN DE LAS COSAS TERRENAS


Me come la lágrima en este tórrido alfabeto: me come la diafanidad
de los peces, la alfombra carcelaria de la desnudez, la herida
de los crucifijos, el orgasmo a quemarropa del sigilo y la hilaridad.
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INVASIÓN DE LAS COSAS TERRENAS




Los espejos, de pronto las obscenidades; la imagen lasciva, perversa
del rostro cotidiano: (la memoria no me deja escapar de tanto parto
genocida, de la ficción doliente que nos destruyen con absoluta
frivolidad; toda la oscuridad ciernes sus dientes: la noche fija
de los muebles arrebatados, el rapto de la felicidad, el éter de la sangre
sobre el césped sin ningún indicio de erotismo;
palpita la obsesión por los Ángeles: la sábana aletea en todas
sus transpiraciones sinuosas.)
Nadie escapa al fogonazo de la orina en las calles. A la estrechez
del plato de comida de la semana, al fuego inflexible de los difuntos
en la ventana, a tantos días de zozobra;
nos harta el diario trajín de las cantinas, la axila del aullido
sobre los alelíes, el escenario de las calles sin escrúpulos, ni escaleras,
para salvar los pies de la fanfarria del cieno.
Las ventanas se miran con la pestaña postiza del ojo artificial;
esto incluye cierta dosis de trompetas,
y fósforos de éxtasis para ver a medias y de rodillas el abismo.
Nos inventamos los racionamientos de energía para que prevalezca
la pusilanimidad de los zapatos;
desnudamos las palabras para sacralizar los prostíbulos.
Me come la lágrima en este tórrido alfabeto: me come la diafanidad
de los peces, la alfombra carcelaria de la desnudez, la herida
de los crucifijos, el orgasmo a quemarropa del sigilo y la hilaridad.
Me come la falta de antisépticos bucales y la modorra del humo
en los relojes, la sequías en los escondrijos de la piel, las décadas
de tristeza en mi almohada,
el petate roto de las sílabas, la espina dorsal torcida hasta los tobillos,
el agua hasta el cuello de las campanas,
los senos dolientes de los muelles sin resuello ni alicientes:
(me embriago de sombras y habitantes extraños cada vez que la calle
me reclama, —cada vez el cuerpo y la mente son posesas contradicciones
en un olfato de asfixias; cada vez Heráclito se equivoca
en la bienaventuranza, y en cambio emerge el destello de la arbitrariedad,
los chorizos del viacrucis, los focos oscuros de las moscas,
el tacto sin ventilación de los cosméticos,
la prehistoria de los artificios en los candiles,
la canela convertida en un falso olor, los huesos de las clavículas,
los meses gordos del pus,
la alacena voraz de las vacas flacas, la pesadilla de las ignominias.
Cada vez soy menos cierto en esta turbiedad del desenfreno;
Cada vez me falta azúcar en la oscuridad,
Cada vez es mejor haber dicho anticipadamente todos los adioses
Para no esperar la última hora perturbadora del carbón.
Hoy me invaden, desde su claustro de intemperie, toda la liturgia
De mi propio matadero…)

Barataria, 20.I.2011