A menudo me soy inasibles los caracoles en la boca. El asfalto
que deshace mis zapatos, las aldabas de las puertas en las manos.
A menudo la noche me posterga en las siluetas de los trenes,
el desvelo ahoga las páginas de las manos,
la terquedad de ciertos nombres,
el galope de la piel golpeando las paredes del infinito.
Fotografía: Jon Sullivan
INTENSIDAD AVIESA DE LA SED
A menudo me soy inasibles los caracoles en la boca. El asfalto
que deshace mis zapatos, las aldabas de las puertas en las manos.
A menudo la noche me posterga en las siluetas de los trenes,
el desvelo ahoga las páginas de las manos,
la terquedad de ciertos nombres,
el galope de la piel golpeando las paredes del infinito.
Las pupilas rompen el parpadeo de las nubes.
Desciendo a la fosa de los sudarios, con mi garganta que solo
conoce de muertos y ceños de fruncida perversión;
para mitigar la sed recurro al olvido de la almohada,
y a aquel peñasco de páginas escritas en la noche. Recurro a la buena
suerte de las barajas, al agua curable del tedio,
al idioma de los andenes,
a los juguetes que me ofrecen los naufragios. (Río con cierto
escepticismo de perro callejero; río del silencio de los zaguanes
y de la orfandad de los harapos, río con los ojos puestos en el ocaso.)
Me deprime implorarle al polvo humedad en los caminos;
seguramente habrá días mejores para las luciérnagas,
para quitarse los miedos, y colgar el fango en los tendederos.
De seguro la llovizna de los deseos no es aviesa ni perversa:
más allá de la somnolencia, oscila el viento en su propio laberinto.
A menudo prefiero descender a los infiernos y temblar de frío,
taparme los oídos, dejar que madure el arrayán del universo,
caminar a través de la rajadura del trasluz,
contaminar mi equipaje de escalofríos,
lamer la resina de las líneas férreas, contemplar el disfraz de siempre
de las bestias o tocar el arpa de los fantasmas
desde mi propio naufragio.
Lo cierto es que nada es cierto: uno tiene que inventar, en cierto
modo, las caricias, ser feliz en medio de plegarias,
esconder las entrañas raídas de cualquier reminiscencia,
devorar las sábanas página tras página hasta subvertir la sed,
la respiración a costa de salvar ciertas palabras,
volver a la cordura de las nueces,
o simplemente reírle al verdugo con el arco iris en la mano.
Este mundo incuba todos los miedos y el caos: hay calles de niebla
y bufones, de agonías perpetuas: espacios sólo posibles a la noche.
El peligro nos devasta, trepa en las noches, sube las escaleras
de la mañana, hunde los días con su vértigo.
No sé el fin de esta sal comiéndose mi boca. —no sé cuál es el límite
de los rastrojos en las pupilas,
el hilo sordo de las sombras, los dientes desplegados en las enredaderas,
el pan duro de los pájaros, la sangre ascendiendo al pecho.
No sé cómo serán los días futuros, aunque amén de la muerte,
la sed de la noche goza en su abrazadora purulencia.
Barataria, 15.I.2010

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