Me muerde el aire sangriento de los miedos. El aire de los gastados
telares del vértigo, el abanico entumecido de la transparencia,
la insania cargada en los hombros, la vena rota: espeluznante
sed por el aleteo oscuro de la sal.
Las puertas dan pavor frente a las campánulas; los nidos de la saliva...
Fotografía: Jon Sullivan
FRONTERA DE LA AGONÍA
Me muerde el aire sangriento de los miedos. El aire de los gastados
telares del vértigo, el abanico entumecido de la transparencia,
la insania cargada en los hombros, la vena rota: espeluznante
sed por el aleteo oscuro de la sal.
Las puertas dan pavor frente a las campánulas; los nidos de la saliva
nos comen los poros; en los folios de los muros no se escribe
con legibilidad, ni la tinta azul penetra en los pájaros.
Dentro de las luciérnagas los relojes desvelan su traje cansado;
las pupilas parpadean en la frontera del sueño:
—sé que la perplejidad es a menudo un paisaje moribundo, donde
solo caben sigilos y desazones,
mares de confusas bufandas, vitrales de frío,
aullidos que no comen los arcángeles, aliento de portentosas uñas.
Necesitamos rollos doble hoja de papel higiénico y listerine,
para limpiarnos las promesas, los dedos después de tocar los murmullos,
las grietas cultivadas en los invernaderos,
y hasta el orgasmo del asceta en su clarividencia.
Siempre nos mordemos en esa jauría del adobe: la oscuridad
es la brasa diaria de los alfileres, el cuaderno de todos los días,
la ofrenda puesta en el atril de los sueños.
Hoy por hoy, nada nos conmueve: vivimos días de obediente extravío,
mazorcas de purulenta sangre,
vinagre de patética mensajería, retretes de pésimo oleaje,
paisajes que no caben en la cordura, ni en el plato de comida.
(Nos toca, a vos y a mí, descubrir las bondades del esperma y el engrudo,
la armonía de las llaves en el perfume de los pétalos,
intuir en la siembra, la cosecha feliz, armar otro calendario,
sin los comensales frecuentes del horror,
desinfectar el trino,
fundar otra luna de miel en la dulzura, —quizá así, sea vivible
la neblina, el desierto, esta agonía puesta en las tejas de la luz.)
Por ahora debemos controlar las ansiedades, ese minuto eterno
de las vigas, los ojos curvados de gargantas;
y hasta el césped que muerde el barco de la memoria.
Nos toca sonreír en medio de sinnúmero de párpados gastados, baja
la cabeza, para que las costillas no duelan;
nos toca beber el mugido de las baldosas y las axilas de los mendigos,
el futuro del respiro en latas de aceite, el aire en cucharadas
de gritos, tu pubis al borde de las cárcavas;
en las calles, los perros despiadados de las axilas, el tráfico sordo
de los recién nacidos, la hormiga de las vocales en los dientes,
el escorpión de las uñas como un collar rugiente,
la amenaza en el retrovisor de la espina.
Nos toca caminar leguas de cansancio, —así, como nómadas en el espejo
Quebrado de las aguas. Así, en la alegría inaccesible, en la frontera
Que nos abrasa con el ceño de granito enfebrecido.
Barataria, 17.I.2010

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