lunes, 3 de enero de 2011

EL FUEGO EN LA RAMA DEL POLEN


Muerdo las ramas del polen en cada palabra habitada por el diente
del calendario. En el combustible de la memoria,
agoniza la fruta prohibida de las luciérnagas, los escombros
de la virginidad, los cadáveres con encajes de espuma.
Imagen: Fotos en blanco y negro


EL FUEGO EN LA RAMA DEL POLEN





Changez votre âme contre celle de l’agate
Alors vous pourrez goûter au pollen des étoiles
Et dénouer les boucles du mandala…
ELIE-CHARLES FLAMAND





Muerdo las ramas del polen en cada palabra habitada por el diente
del calendario. En el combustible de la memoria,
agoniza la fruta prohibida de las luciérnagas, los escombros
de la virginidad, los cadáveres con encajes de espuma.
Cada quien muere cada día para santificar la vida, o por lo menos
hacerla más digerible: la superpoblación termina en las cacerolas,
y en la calma tempestuosa de los nichos.
El papel higiénico no deja de ser eufemismo en los toilets o restrooms;
el asombro siempre me lo dan los huevecillos de los peces,
la superficie del sueño apretado en algún pubis:
todo el calendario de las linternas está aquí con sus semanas
de sábanas y diversiones colectivas.
Resulta que el polen tomado en cucharas es afrodisíaco: lo dicen
los naturalistas en los libros de botánica;
también lo dicen los estafadores y charlatanes, las muchachas
de la vida fácil que necesitan arrojar el aliento en un solo quejido.
El pocillo de los días de guardar termina siendo reloj oxidado
sobre la piedra pómez de la quijada;
reírse es gratificante cuando todos los días tenemos circo romano:
—por cierto que es buen estratagema para olvidar las hemorroides,
las varices del hambre, la corcholata de la saliva,
la salsa de tomate en el yute de las sienes.
(Nunca he visto que el petate se resista a nuestras manías: brincar
el tálamo de la cordura, quemar el polen debajo de las sábanas,
hasta sacarle brillo a la sal de los poros
en su río creciente de bálsamos.) Sucede que en el sombrero de todas
las aguas de los encajes, caben velas a vapor, pequeños votes,
botellas de mar, arañas de gelatinosas vísceras, relojes de azúcar.
Hemos aprendido del fuego, cuanto el fuego nos quema y consume:
siempre es divertido jugar al sudor de los ojos,
limpiar los lentes sin renunciar a los ecos de la epidermis,
convertir el pubis en respiración de sirenas,
memorizar los colores del frutero,
polinizar la puerta transitiva de los párpados en pleno aguacero.
El fuego siempre nos satura de destinos: —estrechamos las uñas
De la tierra hasta ser humanos en el desatino;
El suspenso es redondo en los dedos: nacemos cuando la rama
De la carne asciende al polen y los hervores, —del árbol desbordado—,
a ese oráculo sin insomnios.
Por cierto que a nuestros ojos asoma la sal en cubitos de hielo.

Barataria, 02.I.2011