Aún es presente este muro extraño, ampliado con tanta ausencia;
cuelgo el calendario en la memoria fría que me cubre
como un perraje del pasado: existimos en el espantapájaros
indefinido de nuestros ancestros. Desde allí, los zumos de esta
memoria insepulta, la vigilia como trasfondo de las brasas.
Fotografía: Jon Sullivan
EL ESPEJO CUELGA DE LA MEMORIA
tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos
ALDO PELLEGRINI
Aún es presente este muro extraño, ampliado con tanta ausencia;
cuelgo el calendario en la memoria fría que me cubre
como un perraje del pasado: existimos en el espantapájaros
indefinido de nuestros ancestros. Desde allí, los zumos de esta
memoria insepulta, la vigilia como trasfondo de las brasas.
Vivo con el peso de la piedra sobre el pecho: —estoy a merced
de la noche y sus adoquines, de este luto perenne que me dan
los alfileres de las mortajas.
Vivir es tan difícil siempre: nos ahonda la ruda en los ojos,
vivir abajo, en el mundo del frío,
vivir donde no hay mesa ni manteles,
vivir sin abrazos, al límite del sigilo,
vivir desnudo de brazos y párpados,
vivir en el fondo de la tierra sosteniendo paredes en secreto.
—¿Dónde nacen los sueños, y ese respiro que apenas sabe a aliento?
¿Hasta dónde llegan los dientes de la saña, la piedra secular
del desvelo y sus huesos de concéntrica ponzoña,
y sus sábanas de cruda maleza?
Vivir entre las arterias del odio es casi imposible, (a menudo el dolor
rompe las entrañas, hasta no encontrar una salida
sino la destrucción misma y el grito inevitable.)
Vivir es llevar esa espina que crepita en el costado, la soledad
de ojos y peces inmutables,
el contagio de la carne deshecha y los labios agrietados como
una tierra desértica, como una playa sedienta de uñas.
Vivir es más que humedecer el cuerpo en el sollozo, caminar en la noche,
enfebrecido, con tantas sombras besando el pecho.
Vivir es desvivirse en este horizonte de soledades petrificadas,
(vos y yo en este mundo donde se purifica el grito y el tizne,
donde la tristeza no escapa de la aurora, donde la risa es yedra
enajenada y no ese rocío fiel de la alegría.
Vivir es dejar que se hipoteque o se castre la inocencia: así de simple.
Al final, pese a todo, nos acostumbramos a llevar la impunidad
en la garganta, a caminar sobre la turbiedad de la ceniza,
a sangrar y felices en este fragor del trópico.
Así nos dejamos saber que existimos en presencia de la herida.)
Barataria, 08.I.2011

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