sábado, 1 de enero de 2011

DESHORA DEL CIELO


Entre la noche y el día, mis manos ateridas, el cuervo de la tentación
en las manos, la emboscada a nuestra precaria condición
de vasijas efímeras, las trampas del acertijo, el barniz rancio
de las puertas junto a nuestros calcañales.
Es la deshora la que siempre nos alumbra con su pabilo de sal;
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DESHORA DEL CIELO





No es para que preguntes, no es para que indagues
el sitio donde puse mi corazón hundido;
MIGUEL ARTECHE





Entre la noche y el día, mis manos ateridas, el cuervo de la tentación
en las manos, la emboscada a nuestra precaria condición
de vasijas efímeras, las trampas del acertijo, el barniz rancio
de las puertas junto a nuestros calcañales.
Es la deshora la que siempre nos alumbra con su pabilo de sal;
es la valija rota del jardín,
la prisión de la brasa, el duende moroso del pulso,
el aro de la sed en un tren oscuro,
el polvo de las escaleras, el sigilo de los dinteles, la estación
sucumbida de las campánulas, el azúcar inservible de los dientes,
el desierto con todos sus guisos de arena,
las paredes desportilladas de la caligrafía, el desayuno
con metabolismos extraños, los establos con ráfagas de estiércol.
Siempre es incierta la música en la cuajatinta y los chufles:
no sirve la ráfaga inventada en la espuma, ni la conciencia parpadea,
audible, entre los chiriviscos secos de la yema de los dedos.
Volvemos al mismo punto del aliento y la deshora:
—extenuados mordemos el incienso, la memoria recurrente
del fósforo, el vértigo de la flama, reclinado
en la caparazón de las tortugas,
los adoquines gastados de la sed, las verjas oxidadas de la intemperie.
(Siempre es así, después de todo, la fragancia que declina
en el aire, canceles con el murmullo de las telarañas,
cortinas difíciles de caminar en nuestras pupilas.
¿Quién nos heredó tantos muros y puertas cerradas, tantos ríos
caníbales, alambradas alrededor de las estrellas, desvelos
de sonámbulo ocote?
¿Quién nos extenúa el pulso, la página benigna de la respiración,
el cierzo del gallo en la mañana, la playa de azúcar del pubis,
hasta hacer que besemos el espejismo de lo inútil?
—Nos mordemos en la desfachatez de la evidencia: de pronto el pulso
se vuelve una fatalidad; la armonía fosforescente;
al cabo la delicia es un desorden: los atavismos nos encierran
en su nocturno barro, la luciérnaga del ciprés nos embriaga,
el inevitable vitral de la perplejidad.
Con todo nunca dejamos ilesas las puertas de la fantasía: el peligro
siempre es temprano, el veneno del filo vacía las venas, la sábana
nos exaspera sin haber sazonado la ficción del aliento.)
Siempre la deshora la deshora ha sido nuestro amuleto: jamás hemos
llegado a puerto sin tocar lo íngrimo;
no hay pan, sino sollozos compartidos; no hay gajos de azúcar,
sino esa breña del paisaje que aniquila la risa.
Lo demás siempre es lo mismo: los espectros sin desterrar de la memoria,
la fatalidad en el cordero de los pétalos,
la travesía sin señales ni matochos, ni bitácoras transparentes.

Barataria, 31.XII.2010