sábado, 22 de enero de 2011

CONCIENCIA DEL INSTANTE


Sube la conciencia, plena, en el conocimiento del instante: siempre
hemos sido seres efímeros, seres con los tobillos devorados
por las espinas del aliento.
De pronto nos encontramos con la ponzoña invadiendo la almohada,
con un almácigo de candados en la respiración,
la ruina y el túnel en las paredes del espejo, la colmena arrebatando
la piel, la habitación oscura de las alacenas.
Fotografía: Jon Sullivan



CONCIENCIA DEL INSTANTE




Sube la conciencia, plena, en el conocimiento del instante: siempre
hemos sido seres efímeros, seres con los tobillos devorados
por las espinas del aliento.
De pronto nos encontramos con la ponzoña invadiendo la almohada,
con un almácigo de candados en la respiración,
la ruina y el túnel en las paredes del espejo, la colmena arrebatando
la piel, la habitación oscura de las alacenas.
En un instante, minúsculo, avieso, los cerrojos hasta el cuello,
y los cuervos mordiendo las postales,
el homicida en nuestras palabras, las mismas sombras de siempre,
las sombras agridulces en la boca, la flama tropezando con la sed.
El fango suelta sus axilas, ahí, en la desnudez del pecho;
mete sus graznidos en el olfato, empuña el destino,
con sus huesos de odio.
A cada instante nos llega el horro hasta el cuello: a menudo
con saco y corbata; otras veces, hundido en los pies descalzos,
en la rama crispada por el viento, en los nombres comunes y corrientes;
—juro que uno pelea con múltiples telarañas.
Los alfileres están a la orden del día, como los muertos hinchados
en el féretro con sus pañuelos desvanecidos;
juro que la barbarie a menudo es disfrazada de árbol,
juro que la esperanza no es terciopelo, sino el disfraz de los deseos.
(Después de tener abundancia de campanas, —vos y yo— lo sabemos:
en cada susurro nos dan a tomar cucharadas de miedo;
en cada aspirina, crucifijos de feroz arrullo;
y cuerpos degollados por la nicotina, e ijares con peces de asfixia.
Ya nada nos es extraño en esta polución de soledades, devorada
imagen de los relámpagos en el aguacero de la cara.
Ahora tenemos conciencia de los páramos: de los ventarrones
compartidos, de la media luz de las sábanas,
de los corderos del tamaño del alfabeto que son devorados
Por la oscuridad de las telarañas.
Nunca hubo tanta claridad en este instante de apologías: manteles
sin comensales, castradas tortillas del cierzo,
espejos de incrédulas camándulas, noches sin tregua y ceñidas
a la asfixia perenne de los ascos.
Hoy es más clara la caricatura de la alegría: la jaula degollada del día,
el hallazgo de pañuelos en promontorios de guacales rotos,
el pellejo raído de los meses,
la lectura oscura de las monedas, el amén interrumpido de la preñez,
el hollín en los vasos con agua que beben los niños,
la danza macabra de las heridas a flor de piel, la desnudez del pulso
esta fatiga de horas que no encuentra resquicio.
Hasta hoy tenemos, —vos y yo—, conciencia de este fétido instante:
El insomnio es absoluto en los ojos de la noche…)

Barataria, 18.I.2011