Puedo abrir los ojos cuando el líquido de la tristeza los limpia.
“por debajo de un paraguas somos el número exacto”: los nombres
Se disuelven en envoltorios de saliva, la oscuridad describe las imágenes
Que la luz esconde. Un número es multitud en un puente en ruinas.
En el ojo del camello las lágrimas se vuelven rocío.
“por debajo de un paraguas somos el número exacto”: los nombres
Se disuelven en envoltorios de saliva, la oscuridad describe las imágenes
Que la luz esconde. Un número es multitud en un puente en ruinas.
En el ojo del camello las lágrimas se vuelven rocío.
Ilustración tomada de la red

MADERA DEL SONIDO
El mar que me acompaña por un mar
de sombra se deshace en el vacío.
Estoy cansado de estar muerto y ser.
JOSÉ EDUARDO CIRLOT
Estoy loco por ir hacia ti, Soledad, ¿quién me llevará allí?
PHILIP LAMANTIA
JOSÉ EDUARDO CIRLOT
Estoy loco por ir hacia ti, Soledad, ¿quién me llevará allí?
PHILIP LAMANTIA
Puedo abrir los ojos cuando el líquido de la tristeza los limpia.
“por debajo de un paraguas somos el número exacto”: los nombres
Se disuelven en envoltorios de saliva, la oscuridad describe las imágenes
Que la luz esconde. Un número es multitud en un puente en ruinas.
En el ojo del camello las lágrimas se vuelven rocío.
La profundidad del mar es cierta en un caracol vestido de colores.
Cuando me aproximo al mar pienso en los pañuelos.
El tiempo muerde mi estampa de ecos: —el hangar de la sombra nona,
La dispersión en el volumen del albedrío.
De pronto escucho el nihilismo de la sal en los muertos.
El trasiego de la cal servirá para mi mañana: la nube más alta
Es la que disipa los males de este tiempo, las palabras sufren en el bozal
De las sectas, en las facciones de la oscuridad y hasta en el respiro.
De pronto las sombras son irreales en el subjuntivo de las estrellas.
El mar sigue ahí con su estructura de adobe, con los tributos
Sin rescate de la arena, con la ramazón nocturna de los corales.
Gozo, mientras tanto, de las ventanas disecadas en la caverna,
—de las extrañas valijas de lianas enredadas en mis manos, de la escama
Que ciega mis pupilas de ser en cada día.
Soy este loco al borde del barranco, sin más que la lengua de fuera,
Y el pájaro de mañana desfallecido. Y el camino con rocas y sin luz.
Allá sobre el tren abierto de la noche, la espera de nadie sin paraguas.
Allá en la cáscara de la semilla, el salmo raso de la poda.
El tiempo se astilla en el lomo de los bueyes, se queda colgado
En el estribo del molino, en el sonsonete oscuro de los grillos y zancudos.
No me sirven las escaleras para subir las aguas ateridas de las raíces.
El aserrín de la noche me llega hasta el cuello.
Debo pensar en serio en este cansancio, en el tejado de la mendicidad
Que abuchea a este ser alto de ceniza.
Partir siempre es posible con una linterna en la mano.
Por ventura, la luz es esponjosa como la harina.
La fe ha dejado de ser cantera. La abrigó el muro de granito. La venció
El musgo y la polilla. La noche ciega del clamor. El grosor de los mecates.
Debo partir en el caballo de la viruta. Al borde de la espiga rasgada,
En el remolino frío del hierro carcomido por la herrumbre, —deshecho
El tiesto de los sueños,
Lácteo sepia de la epilepsia, nocturno en la roca de la espesura,
Olvidado como los prisioneros sin espejos, pobre como la sonrisa
Muda de mi alegría…
Barataria, 17.V.2010

































