Tarde, después de enterrados soplan los vientos. La estridenciaQuirúrgica de las guacalchías[1], la quebrazón de ojos revolviendo
El pasado. Ahora es el Principio de los Páramos,
La resequedad de los aromas y no la resurrección.
Autor de fotografía: Guillermo Fernández Corroto

SOPLAN LOS VIENTOS AHORA DESDE LEJOS
Sendas y objetos vuelcan el destino
Tarde, después de enterrados soplan los vientos. La estridencia
Quirúrgica de las guacalchías[1], la quebrazón de ojos revolviendo
El pasado. Ahora es el Principio de los Páramos,
La resequedad de los aromas y no la resurrección. La puerta vaciada
De repente, de los ojos, —los recursos obsesos de los fósforos
En medio de cuchillos, el letargo gris de las ventanas,
El descaro incierto del frío,
Esa llaga indemne que nunca cicatrizó en los barcos.
Es de suponer que al menor descuido las cosas no juegan al olvido.
Que en las raíces hay huecos irreparables,
Que los huecos en cierto modo se vuelven rascacielos a la inversa.
Uno confunde las ciudades inermes de los cementerios,
Con la geografía tirada en los vertederos.
Otros vientos magnánimos debieran deshacer los vértigos,
Los vidrios mortuorios de los vagidos. La noche vuelve con sus terrones
Escalofriantes de agua siniestra. —Es decir, todos aquellos
Párpados hundidos en el sepelio. En las gaviotas tristes de la llovizna.
Lo único que queda es la infusión de la trementina.
La piel enmohecida de las parábolas.
La música hundida en el granito. Los siempre espantapájaros
De lo efímero. La mala leche dispersa de las crayolas en el fango.
Quizá hemos dejado de ser la hamaca alegre de los pájaros.
Quizá dejamos que la ceniza se irguiera en nosotros, seres efímeros
Como la antorcha sin rumbo de la risa.
Tarde, después de enterrados soplan los vientos. El tacón de los zapatos
En pedazos, el disfraz como la fuerza del ímpetu.
Las sombras engendran feroces cuchillos. Distancias pétreas.
Juegos de corderos. Begonias rompiendo la yugular. Jamás el amor
Cabe en este cielo de girasoles en declive.
Jamás vendrá ya mi madre para prodigarme lo que me falta.
Avanzo como hombre indefenso sobre la correntada del polvo.
Avanzo sin sahumerios en el pecho.
Avanzo alrededor de los encajes de la Esperanza. La herida está ahí,
O allí, en todas partes donde encallan los recuerdos.
A veces la ternura fue infructuosa lámpara. Pan sin condimentos.
Vuelven las naves del oprobio con su carcajada de granito.
La sal aquí en estos días de asfalto. La cadena de ultramar
En las fauces. —El espíritu líquido de la nostalgia, la cena de guijarros
En el abismo. La hoja de la brisa en las sienes:
Mástiles donde los vientres se corrompen. Podredumbre de pesebres.
Tarde, después de enterrados soplan los vientos…
Barataria, 19.IV.2010

SOPLAN LOS VIENTOS AHORA DESDE LEJOS
Sendas y objetos vuelcan el destino
En la hoguera del alba.
JOAN BROSSA
JOAN BROSSA
Tarde, después de enterrados soplan los vientos. La estridencia
Quirúrgica de las guacalchías[1], la quebrazón de ojos revolviendo
El pasado. Ahora es el Principio de los Páramos,
La resequedad de los aromas y no la resurrección. La puerta vaciada
De repente, de los ojos, —los recursos obsesos de los fósforos
En medio de cuchillos, el letargo gris de las ventanas,
El descaro incierto del frío,
Esa llaga indemne que nunca cicatrizó en los barcos.
Es de suponer que al menor descuido las cosas no juegan al olvido.
Que en las raíces hay huecos irreparables,
Que los huecos en cierto modo se vuelven rascacielos a la inversa.
Uno confunde las ciudades inermes de los cementerios,
Con la geografía tirada en los vertederos.
Otros vientos magnánimos debieran deshacer los vértigos,
Los vidrios mortuorios de los vagidos. La noche vuelve con sus terrones
Escalofriantes de agua siniestra. —Es decir, todos aquellos
Párpados hundidos en el sepelio. En las gaviotas tristes de la llovizna.
Lo único que queda es la infusión de la trementina.
La piel enmohecida de las parábolas.
La música hundida en el granito. Los siempre espantapájaros
De lo efímero. La mala leche dispersa de las crayolas en el fango.
Quizá hemos dejado de ser la hamaca alegre de los pájaros.
Quizá dejamos que la ceniza se irguiera en nosotros, seres efímeros
Como la antorcha sin rumbo de la risa.
Tarde, después de enterrados soplan los vientos. El tacón de los zapatos
En pedazos, el disfraz como la fuerza del ímpetu.
Las sombras engendran feroces cuchillos. Distancias pétreas.
Juegos de corderos. Begonias rompiendo la yugular. Jamás el amor
Cabe en este cielo de girasoles en declive.
Jamás vendrá ya mi madre para prodigarme lo que me falta.
Avanzo como hombre indefenso sobre la correntada del polvo.
Avanzo sin sahumerios en el pecho.
Avanzo alrededor de los encajes de la Esperanza. La herida está ahí,
O allí, en todas partes donde encallan los recuerdos.
A veces la ternura fue infructuosa lámpara. Pan sin condimentos.
Vuelven las naves del oprobio con su carcajada de granito.
La sal aquí en estos días de asfalto. La cadena de ultramar
En las fauces. —El espíritu líquido de la nostalgia, la cena de guijarros
En el abismo. La hoja de la brisa en las sienes:
Mástiles donde los vientres se corrompen. Podredumbre de pesebres.
Tarde, después de enterrados soplan los vientos…
Barataria, 19.IV.2010




























