La noche toda rodando en las manos y las palabras. La luz, avara,
se aleja de mis manos: desteje las persianas de los dedos,
envuelve la mesa de nieblas obligadas;
palidece el anca de los símbolos, la melodía del propio albedrío,
las moscas despistadas del día con su obsesa ficción.
Imagen tomada de Fotografías en blanco y negro
se aleja de mis manos: desteje las persianas de los dedos,
envuelve la mesa de nieblas obligadas;
palidece el anca de los símbolos, la melodía del propio albedrío,
las moscas despistadas del día con su obsesa ficción.
Imagen tomada de Fotografías en blanco y negro
LA NOCHE RODANDO EN LAS MANOS
Sentí una mordida fatal
En mi cuello en la yugular
Mi sangre corre ya
Por todo el piso.
CAFÉ TACUBA
La noche toda rodando en las manos y las palabras. La luz, avara,
se aleja de mis manos: desteje las persianas de los dedos,
envuelve la mesa de nieblas obligadas;
palidece el anca de los símbolos, la melodía del propio albedrío,
las moscas despistadas del día con su obsesa ficción.
La calle nos vence con sus mesas apagadas: respiramos arrastrando
sílabas, rompiendo el tímpano de los invernaderos,
envolviendo las ventanas con el búho,
arreciando el paredón de las palabras hacia el racimo de polvo
de la corriente, —nos muerde el muérdago en su oscuro azogue,
despunta en pequeño el pozo de la lejanía, el horizonte nublado
de los buitres, la corteza de la vista, la imagen de la ausencia con todo
su arcoíris de pócima urgente.
¿Qué noche asume los límites del ansia,
el bregar del sueño en los pilares de la memoria o el olvido,
en la ventana solar de las enredaderas,
en esta negación que nos ofrece la ruina, y la carne descuajada
de la espuma, y la pústula en trance sobre los poros?
¿De qué noche hablo y de que siervo, del ir muriendo en el arado
de lo impuro, de la sombra cristalizada en la olla,
de los gastados anteojos del deletreo?
(—Asumimos este caos con cierta vehemencia, con cierta resignación
de cuchillos, hurgando, quizá en el costado;
a menudo no hay salida para este estaño entre las manos:
nos muerde su tránsito, —el aleteo a donde el ojo apunta la silla
desnuda del pétalo;
trocamos los dedos mordiendo nuestra propia muerte, el viento
largo del volumen, los himnos devastados de los acordeones,
el cogollo de la lluvia, la harina de los paraguas,
la mochila de los hombros en su urna de sombras desplegadas.)
al final, terminamos siendo esa terrible paradoja de la metamorfosis;
el tiempo contrario a la brisa,
la falacia de la miel en las parábolas, el breve labio en la bruma;
o sólo la clave sin oreo del calendario.
—Nuestra historia es el espejo desvivido en monedas gastadas de sal:
vos y yo, desollados en el vértigo de la vigilia,
en esta claridad incierta del hollín o el tizne o la escoria.
Hemos roto las escaleras de la sed y avanzamos hacia el pocillo
del olvido, con todos sus apuntes desplegados.
No sé si habremos de sobrevivir en este trance de fechas inauditas;
pues sólo astillas tenemos en los pañuelos,
alforjas de pesado miedo, maderas de yema corroída,
disparos de una arboleda entumecida, sábanas con la demora
de la lumbre. Al final, la ladera nos dictara su propio aliento…
Barataria, 29.XII.2010

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