sábado, 25 de diciembre de 2010

LA CLARIDAD ES UN ASOMBRO

La claridad en cualquier sitio es un traje de exordios.
A menudo me rehúso a masticar los atajos: —aprieto las interrogantes
como el quejido de las monedas en el bolsillo; me gusta quitar
la modorra de los parabrisas y echarle ungüento al paisaje:
nunca es fácil el azogue en la alacena del poeta, ni las homilías
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LA CLARIDAD ES UN ASOMBRO



Incluso la duración del día
Es causa de lágrimas.
KOBAYASHI ISSA




La claridad en cualquier sitio es un traje de exordios.
A menudo me rehúso a masticar los atajos: —aprieto las interrogantes
como el quejido de las monedas en el bolsillo; me gusta quitar
la modorra de los parabrisas y echarle ungüento al paisaje:
nunca es fácil el azogue en la alacena del poeta, ni las homilías
en el desamor que nos da el silencio con todas sus noches
de alcoholes y fantasmas, —nunca una boca sacia la escalera
de los poros, ni es posible un labio sin ventanas, ni un reloj
a mitad de la desmesura,
ni vivir en la esquina de las palabras sin paraguas,
ni saborear la ráfaga en el santo fuego del bocado.
(De día puedo ver el rascacielos de las araucarias: tus senos de alabanza,
el tránsito de tu perplejidad recóndita, el rocío del desatino,
los vilanos de tus poros, ay, tu rosa que me muerde el aliento.
En la luz puedo ascender al fuego: atravesar el río de los violines,
derrumbarme en el musgo sin alfileres,
volar en la extraña turbulencia de la irreverencia,
enfebrecer con severidad tus pezones y el brebaje del filo.
La oscuridad es un ultraje a la mesa del diluvio: la claridad nos ayuda
A cruzar el bosque o el puente y aferrarnos al patio sin baldosas.
La sed de la canela nos desvela, los girasoles del vahído
en el trasiego, el resfrío de la ropa, los pájaros en la cuchara del ahogo.)
Debo suponer que racionalizar la fragancia resulta un dolor de cabeza;
nada más incierto que el olfato subiendo escaleras,
que acontecer en la penumbra de las palabras:
—no me acostumbro, sin embargo, a esta perversidad del mundo,
Hay extraños agujeros en los calcetines, malolientes perros
Alrededor de los pañuelos, y sueños que no caben en un sombrero.
Por cierto que ahora, la inmoralidad, es un billete de curso legal,
por más que hayan voces en las plazas y pancartas;
hay aspirinas que no quitan el dolor de los goznes, ni universos
con suficientes monedas para el gasto consuetudinario.
(Algo nos pasa después de todo cuando perdemos la lucidez del cielo
y nos inclinamos al arbitrio de la noche: —algo nos muerde
y convierte todo lo que tocamos en cuchitriles. Nunca ha sido fácil
la claridad, cuando nos pasan la factura de lo inverosímil,
cuando, —vos y yo sabemos—, que el jarro de la vida se quiebra
en tanta negación. —Vos y yo hemos vivido, la truculencia del sollozo,
las palabras inquisidoras, la mudez más adusta,
el entumecido carbón de la lumbre.
Nunca ha habido sosiego en esta verdad, a menudo intocable
en los estuches del viento. Siempre la lava en los juicios: siempre
el adiós anticipado de los suicidios, el hilo de la zozobra,
la herida que nos empuja al pico del buitre.
Siempre la ternura en el filo del puñal: la arcada inclemente
de tantos alfileres…)

Barataria, 24.XII.2010