Cotidiana de las manos.
En la hoja anónima de la espuma, el pincel de la sal y los velámenes.
El horizonte entibia las pupilas, cada vez que el fogón de los poros,
Escapa de los pájaros, —cada vez que, la ilusión sube al techo
Sin los espectros del minuto.
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SOBRE EL MUSGO, LA PIEDRA, EL ALIENTO
He inventado mundos nuevos. He soñado
noches construidas con sustancias inefables.
He fabricado astros radiantes, estrellas sutiles
en la proximidad de unos ojos entrecerrados
PABLO ANTONIO CUADRA
Sobre el musgo, también, el aire descalzo de la aurora: todos los imaginarios
Aunque sean breves pasajeros en la experiencia
Cotidiana de las manos.
En la hoja anónima de la espuma, el pincel de la sal y los velámenes.
El horizonte entibia las pupilas, cada vez que el fogón de los poros,
Escapa de los pájaros, —cada vez que, la ilusión sube al techo
Sin los espectros del minuto.
De pronto sé que el día es un mantel con peces fantásticos. Y que,
Con ellos, se puede respirar el ayuno
Y todas las faenas juntas del sueño.
Mientras uno camina por veredas, el tiempo duplica los sonidos:
—Crepita la memoria en su caja de música, trasciende la respiración,
Hay certezas en cada balcón de las gotas detenidas en la hoja.
Vuelvo a la presencia del fuego, después de abrillantar los recuerdos.
La luz tiene significados distintos a los meses que he vivido,
Mientras en anhelo centellea su fluir incesante: —me enjuago
En la sencillez de los chubascos, en la hoja que trepa a los dedos.
Pasa el tiempo y se queda: en los ojos no importa si es día o noche,
Cuando las ventanas son signos permanentes.
Los pedazos de nostalgia, —son sólo eso—, el polvo se encarga
En dispersarlos. Siempre ha sido así cuando queremos ahorrarnos
El olvido, cuando en la conciencia no tiene un mojón perpetuo.
(He recordado el vértigo de las hormigas en el pecho, el alhelí desnutrido
De la escarcha, el mercado harto de pócimas,
Las tres dimensiones alquimistas del sueño, los postulados
De Anaximandro, el agua abierta en el brocal del pozo. También,
La playa del amanecer en el espejismo del amanecer.)
Cada carne se queda en uno con los propios ahogos. Un pozo es
Una vasija azul, donde se guarda, después, la harina del sollozo.
Cabalga la lengua en su garganta compartida. Sobre la piedra, el cuerpo,
El sonido del musgo ardiendo en los párpados.
Cada aliento es un cielo de extraños trenes. —Las ojeras del futuro
No me dicen nada cuando no tengo la certeza del desvelo.
(A menudo quisiera encontrar el amor en las calles; temblar de ternura
En la ciudad; poner la Esperanza en el pecho de la balanza:
El instinto obra, aquí, como un Manuel de Seguridad Ciudadana.)
De todas maneras, la mirada del prójimo, no está libre de hojarasca;
Cada quien delata los colores reales de su cara;
Cada quien, de seguro, vive su propia desventura resplandeciente,
Por eso la existencia de la sal en las arterias.
Sobre el musgo, también, estos jardines hundidos de la sangre:
—las maniobras de la niebla y los desengaños, los golpes bajos de los años
Que se pierden sin sentido…
Barataria, 04.XI.2010

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