Después de la lluvia en el rostro, queda el rastrojo. Nada diferente
Al tiempo perdido. Todo igual al día destruyéndose, zarza
En el entrecejo del vuelo.
Caminamos sin lámparas, ahí donde se pudre el pájaro implacable,
Astro líquido el pantano de estos días,
El color destemplado del desorden, los símbolos rotos del caballo
Milenario del galope. Sudamos el destino,...
Al tiempo perdido. Todo igual al día destruyéndose, zarza
En el entrecejo del vuelo.
Caminamos sin lámparas, ahí donde se pudre el pájaro implacable,
Astro líquido el pantano de estos días,
El color destemplado del desorden, los símbolos rotos del caballo
Milenario del galope. Sudamos el destino,...
Imagen de André Cruchaga

QUEDA EL RASTROJO
En la noche alguien pasea con mis ropas
Y las lleva puestas.
En la mañana observo en los zapatos barro fresco.
¿Quién tendrá un modo de andar parecido a mi andar?
MARIN SORESCU
MARIN SORESCU
Después de la lluvia en el rostro, queda el rastrojo. Nada diferente
Al tiempo perdido. Todo igual al día destruyéndose, zarza
En el entrecejo del vuelo.
Caminamos sin lámparas, ahí donde se pudre el pájaro implacable,
Astro líquido el pantano de estos días,
El color destemplado del desorden, los símbolos rotos del caballo
Milenario del galope. Sudamos el destino,
Tras el fogonazo de la respiración: hundimos la identidad en el libro
Del aire, la palabra agotada en el patio oscuro de las ventanas.
El patio de la memoria que carece de tierra limpia. Ahí se han acumulado
Los ecos del tren surgidos
En el desvelo de la medianoche, en la albarda de la hojarasca,
Acostumbrada a servirle de petate a la niebla enmascarada
Del tráfico humano. Ahí el confín de las equidistancias. Ahí el ser
En la piedra roja de su sangre, deteniéndose en la espuma
De las enredaderas. En cada espejo de su propia saliva amarga.
Después de cada batalla siempre quedan los rastrojos: el murmullo
De las conjeturas en la lengua,
La existencia iracunda de otros océanos,
Las manos anochecidas del resumen de la tinta,
La herrumbre a quemarropa de las temperaturas. Los pétalos caídos
De la urgencia.
De pronto necesitamos una escoba para transparentar las ventanas.
Necesitamos el reloj para limpiar las asonancias.
Abrimos en la pesquisa el ropero con su cronología invisible.
Mordemos el queso de la polilla que deambula en el mapamundi
De nuestra brújula hundida en la garganta.
Después de todo lavamos las puertas y la cama y las sábanas
Y las sienes y los encajes de la impudicia:
Soltamos el desuso de las manos,
Y dejamos baldíos los jinetes de los símbolos mesiánicos.
La historia de la conciencia siempre constituye un mundo aparte.
Al menos eso es lo que he aprendido en un mundo de acritudes
Siniestras. Nos desarma su bronquial laberinto. Nos descobija la cara.
Pero en fin, el orden no está en la simetría de las ventanas,
En el ombligo con ombligo de las colinas,
En la pólvora ideológica del conjuro, en el desagüe verbal de la esperma,
Ni siquiera en el mar subterráneo de la cópula,
Sino en el aprendizaje de los claroscuros, en el vello púbico desfogado,
En esa salida fosforescente del calendario. En la ducha de la entraña
Con todos los aceites de la certidumbre.
Aún así queda el rastrojo, esa almendra inventada en el sueño.
Ese sueño que se abre siempre al pensamiento.
Barataria, 28.IX.2010
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