Fue ya en la vida que el ojo avizoró el tiempo. Fue en el instante
En que la búsqueda se hizo necesaria.
La ventana solo ha sido la herida en la pupila. Del pecho a las rodillas
El espesor de las navajas, el silencio abierto al frío.
La vida se me volvió un Lázaro desde la almohada después de caminar
Lo necesario y reinventar las lejanías.
En que la búsqueda se hizo necesaria.
La ventana solo ha sido la herida en la pupila. Del pecho a las rodillas
El espesor de las navajas, el silencio abierto al frío.
La vida se me volvió un Lázaro desde la almohada después de caminar
Lo necesario y reinventar las lejanías.
Imagen tomada de la red

NACIMIENTO DE LOS OJOS
…clara y alegre igual que una fanfarria
Fue ya en la vida que el ojo avizoró el tiempo. Fue en el instante
En que la búsqueda se hizo necesaria.
La ventana solo ha sido la herida en la pupila. Del pecho a las rodillas
El espesor de las navajas, el silencio abierto al frío.
La vida se me volvió un Lázaro desde la almohada después de caminar
Lo necesario y reinventar las lejanías.
Aquel día, entre sombras inevitables, me nació el día. Me nació
La desnudez, el frío secular de los espejos.
En los ojos hubo mar y espuma y barcos y trenes y caballos.
Mi sombra desde el subsuelo a las páginas del viento.
En la conciencia, la soledad con su multiplicidad de silencios.
Los días impares de los litorales, los amantes lamiendo caracoles
Atrapados por sus manos, redes adentro, el dibujo de la tempestad.
Un día me nacieron los ojos:
Hasta entonces pude ver el pabilo tosco del candil,
El kerosene ahumando el tabanco,
El azúcar de los colores, la respiración a través del tacto de la lengua.
Pude ver entonces las sábanas derramadas en el suelo.
Pude ver entonces la vena rota de las pulgas
Y el perro lento de la sarna,
Con sus pies mordiendo las piedras.
Al séptimo día sonó la carne sus aguas corporales. El río ceñido
A los zapatos, la tierra adentro como una alfombra de manos.
—Al séptimo día, vos con tu piel perfumada: lugar donde el sol hunde
Sus dedos; vela domiciliar de mis anhelos.
Baúl donde el instinto desnuda sus páginas.
Rama opulenta de mi tránsito, a veces confundido como un transeúnte
En las esquinas del asfalto de una ciudad desconocida.
Al séptimo día se hicieron visibles los colores sobre el tejado:
El musgo bajó hasta las rodillas como un caballo
De relojes presurosos,
Como una cebolla con rodajas de caricias, como un molde hecho
Para mi cuerpo, como un libro de miel ensimismada.
Abriendo la puerta me nacieron los ojos.
Me nació el ala y el sobresalto. El arcoíris tuyo en cuerpo entero.
Todo ello contrasta con la lengua gris de los tranvías,
Con el paisaje detenido en los tapiales, con ese muro último,
Separando la mesa de los manteles.
Ahora veo la forma de las raíces del árbol: los peces sueltos subiendo
Al pecho, el aliento habitado por el infinito.
Las palabras como el murmullo de un río cercano…
Barataria, 25.IX.2010

NACIMIENTO DE LOS OJOS
…clara y alegre igual que una fanfarria
En la mañana chispeante,
Una quejosa nota, una insólita nota
Vacilante se escapó,
CHARLES BAUDELAIRE
CHARLES BAUDELAIRE
Fue ya en la vida que el ojo avizoró el tiempo. Fue en el instante
En que la búsqueda se hizo necesaria.
La ventana solo ha sido la herida en la pupila. Del pecho a las rodillas
El espesor de las navajas, el silencio abierto al frío.
La vida se me volvió un Lázaro desde la almohada después de caminar
Lo necesario y reinventar las lejanías.
Aquel día, entre sombras inevitables, me nació el día. Me nació
La desnudez, el frío secular de los espejos.
En los ojos hubo mar y espuma y barcos y trenes y caballos.
Mi sombra desde el subsuelo a las páginas del viento.
En la conciencia, la soledad con su multiplicidad de silencios.
Los días impares de los litorales, los amantes lamiendo caracoles
Atrapados por sus manos, redes adentro, el dibujo de la tempestad.
Un día me nacieron los ojos:
Hasta entonces pude ver el pabilo tosco del candil,
El kerosene ahumando el tabanco,
El azúcar de los colores, la respiración a través del tacto de la lengua.
Pude ver entonces las sábanas derramadas en el suelo.
Pude ver entonces la vena rota de las pulgas
Y el perro lento de la sarna,
Con sus pies mordiendo las piedras.
Al séptimo día sonó la carne sus aguas corporales. El río ceñido
A los zapatos, la tierra adentro como una alfombra de manos.
—Al séptimo día, vos con tu piel perfumada: lugar donde el sol hunde
Sus dedos; vela domiciliar de mis anhelos.
Baúl donde el instinto desnuda sus páginas.
Rama opulenta de mi tránsito, a veces confundido como un transeúnte
En las esquinas del asfalto de una ciudad desconocida.
Al séptimo día se hicieron visibles los colores sobre el tejado:
El musgo bajó hasta las rodillas como un caballo
De relojes presurosos,
Como una cebolla con rodajas de caricias, como un molde hecho
Para mi cuerpo, como un libro de miel ensimismada.
Abriendo la puerta me nacieron los ojos.
Me nació el ala y el sobresalto. El arcoíris tuyo en cuerpo entero.
Todo ello contrasta con la lengua gris de los tranvías,
Con el paisaje detenido en los tapiales, con ese muro último,
Separando la mesa de los manteles.
Ahora veo la forma de las raíces del árbol: los peces sueltos subiendo
Al pecho, el aliento habitado por el infinito.
Las palabras como el murmullo de un río cercano…
Barataria, 25.IX.2010
5 comentarios:
Me acercas al infinito -André-, con sus tranvías de luz sobre mis ojos, porque las nubes pasan doblegadas ante la simplicidad de mi estatura, la carne expuesta al embate del relámpago y calcinarme en ti, volver a la ceniza y quede de mí tan sólo el polvo...
Sigue lloviendo y es el murmullo de las gotas que ofuscan su trayecto en el asfalto, lo que hace del domingo un manto líquido para mojar tu nombre entre mis labios...
Buen domingo, Poeta.
Marina Centeno.
Como podrás ver, Marina, hay todo un simbolismo en este "NACIMIENTO DE LOS OJOS". Un redescubrir la palabra entre el murmullo; es bajar de rodillas al libro de la vida sin los sobresaltos de los tranvías. En fin, es una legua de caballos horadando el pecho.
Te mando un beso enorme,
André Cruchaga
Cierto, Maestro, los símbolos tambien forman imágenes... y son los ojos el pasadizo de cada galería, la manera más honda de aproximarse a las orillas -tu orilla-. Porque siempre dejas la soga atada a la campana... para hacer vibrar los muros, paredes y persianas...
Marina Centeno.
Es tu presencia inmaculada la que ciñe el horizonte del lecho en el aire para luego beberlo en las islas del cierzo.
Un abrazo,
André Cruchaga
Ah, embriagarnos de viento -André-, quién nos viera, servirnos la copa dulcemente y contemplar los precipicios cuando nadan los peces por la aurora...cuando vuelan gaviotas extraviadas en esta oscuridad que aprisiona... porque estamos clavados al madero -el poema- como un Cristo que sangra...
Un beso.
Marina Centeno
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