No es el lobo de la noche, sino la saliva del día que al horizonteSube con estrépito. La coz del ruido en el agua,
El erial de las pizarras como una nube de ascos. El baile falso
De los boleros, la diadema curtida de los pañuelos,
Y esa arcilla que de pronto sube a los ojos.

ASCENSO DEL DÍA
Sobre su piel la pátina del tiempo
difumina los ópalos dormidos…
LUZMARÍA JIMÉNEZ FARO
No es el lobo de la noche, sino la saliva del día que al horizonte
Sube con estrépito. La coz del ruido en el agua,
El erial de las pizarras como una nube de ascos. El baile falso
De los boleros, la diadema curtida de los pañuelos,
Y esa arcilla que de pronto sube a los ojos.
Los abrojos cubren como un abrigo los poros, esa corona de sombras
De pronto amarilla, de pronto sucedida por aires de ceniza.
Me destruyo y te destruyes en este recuerdo con encajes de clavos.
—Las palabras mueren en su desazón. El pájaro oscuro en el costado,
La ramita de luz quedándose en el tragaluz de este día.
La alegría es una flor jugando con violines. Sube el día, ¿adónde?,
—a ese entonces del fuego que era.
A esa infancia del patio de los juguetes, al azúcar que oculto después
De vivir tantos crepúsculos.
—Un día tras otro se levanta en el mismo lecho y en la misma sombra.
Un día de sonidos invisibles, el trabajo de todos los días,
La estación de los huesos que se despedaza en los cuchillos.
Creí acercarme a la ternura de las sábanas. Ordenar las aguas
De la impaciencia, resucitar en la sintaxis de la transparencia.
Sin embargo, el dedo índice horroriza como el vado donde los elefantes
Balancean su cuerpo.
No siempre hay escaleras para ascender a la fosforescencia.
Hay vientres de espeso silencio en las calles. Hay de todo en realidad:
Horas de terror y fatiga.
Bocas torpes mordiendo la luz.
Memorias a la rodilla.
Domingos carcomidos por los perros.
—De pronto uno tiene que decidir entre la soledad y el olvido:
Morder los calcañales del reloj, apaciguar la tormenta de los aullidos,
Desconcentrarse de las cifras económicas,
Desamañar los calcetines del delirio, afinar el camello de la hojarasca,
Haciendo gorgoritos de agua con canela y miel de abeja.
—No conocí otro azor que no fuera la vocal rota del abecedario,
La salmuera subida a los ojos,
El amor probable secándose en el pecho, la boca quemada por el vacío.
En fin, los alfileres llegan hasta el cuello y no es necesario que llegue
La noche para sentirse así en esta calle sin ventanas.
Ahora, desde luego, es recuerdo toda la ascensión del día:
La respiración con la noche de la tierra,
La razón con su osada franquicia, los injertos humanos en los espejos
Urbanos. El sentido, de pronto, hecho escombro.
Barataria, 14.V.2010
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