Nos comen las brochas de los párpados y la rigidez de las pupilas.Nos come este caballo de cansancios. Este toro de la intemperie.
Nos come el espejo colgado en las encías, en el lavabo colgante
De las tejas, en la taza de café negro que oscurece el paladar,
Con su amargor de hojarasca.
Autor de la fotografía: Alonso Muñoz

ARIDEZ DEL INSOMNIO
Nos comen las brochas de los párpados y la rigidez de las pupilas.
Nos come este caballo de cansancios. Este toro de la intemperie.
Nos come el espejo colgado en las encías, en el lavabo colgante
De las tejas, en la taza de café negro que oscurece el paladar,
Con su amargor de hojarasca.
Nos amarra el imperativo del equipaje,
Nos desvela la espesura de todos los silencios, el vía cruz del mercado,
La tortura de las olas sin agotarse,
La vieja levitación de los sueños sin ser interpelada,
El humo rancio del tabaco junto a las palabras oscuras.
Desertamos y aún perdura la cadena del insomnio: el espacio gris
Con sus barrotes insolubles, el dintel clavado en el entrecejo,
Los sombreros del albedrío amarrados a la respiración.
Depredamos cuanto es posible en las grietas del vacío.
Mordemos el ciempiés del aliento con los dedos pastosos del murmullo.
Caminamos en el mismo sitio donde los pañuelos hacen escombros.
Vertemos dientes de sal sobre las sábanas.
—Siempre nos ata el velero de los fósforos,
La perplejidad del sigilo, los pétalos negros de las sombras,
La falacia de las alianzas en ciertos círculos del poder.
Siempre la ilusión pende de un pabilo tenso, la intrepidez de cruzar
El pulso habitando códigos indescifrados en el zodíaco.
En la propia aridez del insomnio, somos dunas de pesado afán.
Y aunque nadie lo crea, es la piedra de todos los días.
Y aunque haya alguien que no lo sienta, está en las venas de las abejas,
En el descolorido trajín de los zapatos,
En las calles inciertas de la sed,
En la espina clavada al sueño, en las ínfulas de los anfiteatros.
Nos come el sobrepeso de los escapularios, el féretro de la hojarasca,
Nos come el guacal de la ficción, la sartén de los chorizos,
El tráfico galopante del smog, los días hirvientes de la canícula,
Y esa cicatriz del braceo proscrito.
Nos come ese francotirador del búho y la lechuza.
El barco desigual de los sacramentos, la risa deseada en la costilla
Del prójimo, la mortaja liviana del sexo,
Los caballos en galope abierto hacia los domingos.
Nos asfixia el desencanto de las vacas flacas en medio de la gordura.
Ver las sillas oscuras del polvo,
Lamer el aire pútrido de la ilusión y no tener respuestas.
Y no tener respuestas al aire seco de los clavos…
Y no tener una frazada para envolver el frío, sino esa fragosidad
Del despojo y los andrajos…
Barataria, 11.IV.2010

ARIDEZ DEL INSOMNIO
Nos comen las brochas de los párpados y la rigidez de las pupilas.
Nos come este caballo de cansancios. Este toro de la intemperie.
Nos come el espejo colgado en las encías, en el lavabo colgante
De las tejas, en la taza de café negro que oscurece el paladar,
Con su amargor de hojarasca.
Nos amarra el imperativo del equipaje,
Nos desvela la espesura de todos los silencios, el vía cruz del mercado,
La tortura de las olas sin agotarse,
La vieja levitación de los sueños sin ser interpelada,
El humo rancio del tabaco junto a las palabras oscuras.
Desertamos y aún perdura la cadena del insomnio: el espacio gris
Con sus barrotes insolubles, el dintel clavado en el entrecejo,
Los sombreros del albedrío amarrados a la respiración.
Depredamos cuanto es posible en las grietas del vacío.
Mordemos el ciempiés del aliento con los dedos pastosos del murmullo.
Caminamos en el mismo sitio donde los pañuelos hacen escombros.
Vertemos dientes de sal sobre las sábanas.
—Siempre nos ata el velero de los fósforos,
La perplejidad del sigilo, los pétalos negros de las sombras,
La falacia de las alianzas en ciertos círculos del poder.
Siempre la ilusión pende de un pabilo tenso, la intrepidez de cruzar
El pulso habitando códigos indescifrados en el zodíaco.
En la propia aridez del insomnio, somos dunas de pesado afán.
Y aunque nadie lo crea, es la piedra de todos los días.
Y aunque haya alguien que no lo sienta, está en las venas de las abejas,
En el descolorido trajín de los zapatos,
En las calles inciertas de la sed,
En la espina clavada al sueño, en las ínfulas de los anfiteatros.
Nos come el sobrepeso de los escapularios, el féretro de la hojarasca,
Nos come el guacal de la ficción, la sartén de los chorizos,
El tráfico galopante del smog, los días hirvientes de la canícula,
Y esa cicatriz del braceo proscrito.
Nos come ese francotirador del búho y la lechuza.
El barco desigual de los sacramentos, la risa deseada en la costilla
Del prójimo, la mortaja liviana del sexo,
Los caballos en galope abierto hacia los domingos.
Nos asfixia el desencanto de las vacas flacas en medio de la gordura.
Ver las sillas oscuras del polvo,
Lamer el aire pútrido de la ilusión y no tener respuestas.
Y no tener respuestas al aire seco de los clavos…
Y no tener una frazada para envolver el frío, sino esa fragosidad
Del despojo y los andrajos…
Barataria, 11.IV.2010
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada