miércoles 30 de diciembre de 2009

Punto de convergencia

Nunca descubrí otros límites más que la sombra de los espejos.
Hasta creo que es una virtud en medio de la espesura,
Cuando alrededor los días son manos vacías.

Autor de la fotografía: Javier Alonso Torre








Punto de convergencia








un desplazamiento o partir invisible de los cuerpos humanos
cuyo estado anatómico externo, orgánico externo
es el único estado reconocible, valorable, de todos los cuerpos.
ANTONIN ARTAUD








Entro al poyetón donde la ceniza, inefable, —en cierto modo—,
Se enreda en los nudos de mis manos.
La sombra de la escoria se parece a ciertas calles desvencijadas:
A ciertas calles con ráfagas y hormigas.
A ciertas calles húmedas de huesos, a ciertas piedras
En los sentidos, sin luz, con aire de vértigo sollozante.
A ciertos emblemas en los jeroglíficos de los lápices,
A ciertos espejos cruzando calles de locura.
De la risa gris soy fervoroso huésped. De esos afanes que reparten
La dicha en trocitos de rompecabezas.
Nunca descubrí otros límites más que la sombra de los espejos.
Hasta creo que es una virtud en medio de la espesura,
Cuando alrededor los días son manos vacías.
El ciego ve la noche en llamas y olvida las pupilas.
La mesa del tiempo sólo es un paréntesis de pájaros.
Infinitos los espacios que aun no se conocen.
—El cauce de los ojos donde se decantan los desiertos,
La identidad de ser en el cortocircuito de la luz,
La simetría de un cálido fósil en las retinas,
Las puertas desenterradas de las crines de la lluvia. El desvelo
Del rayo, pétalos incendiados de los búhos.
Entro al alarido en la forma en que se dibujan los sueños:
La lengua aprieta el taburete del vértigo. El grano de sal de los dientes.
Los suicidas siempre se confunden con las imágenes cotidianas.
Ascienden a la sombra en los viajes de la noche.
Simulan amor en la primera luz del Universo.
Convergen con el umbral de la ceniza. Desde el interior el ocaso
Los surca y no llegan al día, ni a las ramas del sueño.
La ceniza revela el fondo de la danza.
Los movimientos que el firmamento no abarca.
A menudo, frente a la espina, se quiere ser ángel, pero los harapos
Siempre desvelan el remanso o la barcaza de la historia.
Hay muchos que convergen con la hora nona del polvo.
La comida con manantiales no deja de ser temeraria, sobre todo,
Cuando la inclemencia de las paredes asfixia.
En la mansedumbre la boca se llena de sabios silencios.
Ante la piedra, hay que buscar el aliento amigable; ante el peligro
Del musgo, el libro abierto de los ojos.
Uno nunca sabe qué le depara la última tormenta
De las parábolas, los signos impares de las alas, el cero
En el infinito de las hipérboles, la ceniza tendida de los ciervos.
En la noche nos volvemos refugiados de la razón; buscamos
La linterna de las vestiduras, la hora que haga adivinar jardines,
El río aglutinado en las mariposas,
Quizá la escritura para hacer arcos con las letras del alfabeto,
Quizá la corteza de la memoria donde hemos aprendido el vuelo.
Barataria, 25.XII.2009