
Ilustración: Wassily Kandinsky.
Destellos del tacto
Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
-de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo-,…
José Hierro
I
El mar resplandece en una raíz,
Sin heredar las curvas
De lo agónico,
Sin cambiar la palabra,
La colina
O el alba.
¿Quién no quisiera ser ahora
Memoria del sueño en lo verde,
En la edad del ala
O del espejo?
Por suerte, la edad marca los colores
Y el viento entreabre su vigilia.
Todo está adivinado:
La tendencia del día cayó en la noche.
II
Antes, la niebla alcanzó mis sienes;
Ahora, las nubes del eco
Deshojan mis vísceras:
El descenso de la trementina a las venas.
El día tiene identidades pueblerinas;
Ahora, las nubes del eco
Deshojan mis vísceras:
El descenso del azogue a las venas.
El día tiene identidades pueblerinas;
Substancias, pronombres, puñales,
Que se distribuyen
Con tendencia amenazante.
Obedecí, quizá, al rayo ininteligible del océano:
Mi compañía —acaso identidad de mí mismo—,
Se deshila en la obediencia de la agonía.
III
¿Quién sabe qué es el sueño?
El sueño es una flauta en la memoria.
Que hiere mis sentidos; y, el tiempo,
Ahora el tiempo llevando lo raído,
Viene a mí
Como río desembocado de mejillas.
He dormido en la noche, eso es todo:
Pájaros y caballos me acecharon.
Desde entonces soy marino
Y ando en vigilias eternizadas...
No sé. No recuerdo nada.
El hombre en su peregrinar
Es una metamorfosis:
Renovación del ala en la dimensión del entorno.
IV
No sé cómo es esta música quebrada
Que trina en los muros de lo incógnito,
Porque yo soy yo, así lo creo;
Sin embargo,
Pareciera que mudara
Un tormenta de guitarras en mis sienes.
Y no es que vengan del agua,
Del árbol, los presentimientos:
El sonido que funden mis huesos;
No. No es eso.
Mas bien, una acefalía en mi descenso,
Antigua y renovada
En la voz de mi linaje.
V
Los acentos han caído sin velocidad,
Sin entrañas,
Sin la voz del verbo hecha letra o palabra.
Y, entonces, ¡ay, entonces!
Sólo fui sonido, murmullos;
La paciencia se dilató en múltiplos,
En líquido extenso:
En el derrumbamiento de infinitas palpitaciones.
Mientras mis sienes como ala de pájaro,
Penetran en la herida,
En la flor alucinante del cuerpo.
Adentro sólo quedan roídas amapolas,
Diurnas mutilaciones del labio en la sonrisa,
Aposentos tutelares sin palabras
Y esqueletos de nocturna transparencia.
VI
Nunca he ido. Nunca he salido.
Soy el nombre del estiércol y la espiga:
El cauce donde el mundo pierde sus pecados.
Todo eso soy. Todo.
En mí maduran ojos transcurridos;
Emergen llamas de mis venas
Sin itinerario y sin memoria.
Todo eso soy. Todo.
El combate de respiraciones vacías;
Porque siendo huésped de la luz,
Transcurro en sílabas opacas:
Dolor, acaso, del cuerpo sitiado por el alma.
Ah, oscuridad que asalta el sollozo
Y el umbral de mis líneas circulares.
VII
Estoy precisando las líneas que me encarcelan.
Es preciso nacer de la ficción
Y tocarnos el paladar, los brazos, el cuerpo.
Ah, el cuerpo sólo es un recodo del verbo
O del pensamiento, de la palabra primigenia.
Por eso no enmudezco
Ante los miembros dispersos que me rodean;
Porque la palabra
Es un imperio de gozos y agonías.
No puedo, pues, agonizar en esta agonía
De formas y tropiezos;
Porque deshabitarme sería
Entrar en las horas cayendo desnudas
Y quemadas en lo vivido:
El hombre es soledad diseminada en los impulsos.
Y yo, hombre de sueños y vigilias,
Quiero el filo de una linterna
Y las raíces de la lengua en una palabra.
VIII
Esta feliz llaga de la espuma,
Remonta geologías ensombrecidas.
Y lo esperado
—Trueno que arrastra tinieblas—
Jamás estremeció al día,
La vertebralidad de las rocas
Y el descenso de lo entrañable.
El pórtico de lo virginal
Sólo es un soplo de números nupciales:
Respiración de la flor en el dolor,
De músicas oscuras.
Ya no hay sosiego.
¿Qué rebeliones asisten la ternura,
El tacto, el lecho del nombre,
De la palabra transcurrida como vela?
Todo se queda en pesebres trastornados,
En caminos imaginados...
IX
Ah, esta luz de lo oculto
Que percibo clavada en una albahaca.
¿De dónde vienes con esa lengua
De respiros en el rebaño?
De dónde, pues, que la imagen viola
Y trastorna la palabra.
Eres como el álamo. Eso es todo.
Sonrisa y exaltación de la trementina
En la metáfora de la llama.
La alalia aquí no tiene unigenitura;
Porque la vestidura viene echada
En días esotéricos,
En el sueño de las figuras y pupilas
Y en el ojo rodando en lo atmosférico.
X
El acto lanza a una a una caída congregada
De villencias y sonidos:
Acto introspectivo del origen,
Del gozo movedizo en el espacio.
Mañana, —si es que tal vez llega—,
Sabré el número configurado
En los pedernales del múltiplo que sustento.
Después, vendrán temporales silenciosos
De gracia combatida;
Después, el tacto descarnado y esparcido;
Después, sólo yo
En el atril de las fuerzas devoradas:
En la oscuridad y la luz que alimentan los impulsos.
XI
El silencio es lineal cuando la oscuridad
Se acrecienta y se esparce en el aliento:
Recodo, acaso, de aquél vocablo llamado paraíso.
Todo era y éramos. Ahora ya no somos.
Todo yacía, ahora todo yace devorado:
La fuerza agrede el dominio de lo viviente.
Ah, extinguida textura del esplendor.
Más allá de todo sosiego,
Lo doliente jaspea piedras,
Y vulnera la órbita de los secretos.
¿Será esto —de no ser luz, aceite—
Una ojiva de sólidas presencias
O un invulnerable movimiento hacia el fondo?
No es, pues, luz —aunque razonable dentro de lo humano—,
La profundidad, al parecer, tiene otras siringas.
XII
¿Quién sustenta luz interior, llama, transparencia,
En esta agua que trae música corpórea?
Estoy entre el ala y el granito:
—sustentación de movimientos desenfrenados—;
Una sonrisa de ánimos
Reviste las espigas del aire.
Y así, con este pulso de hierbabuena
En los estiajes de las manos,
El ala ejecuta su ejercicio
Hacia la desnudez de la palabra.
Ascenso, pues, es esto en el sigilo de los témpanos;
Y no una transparencia en la inclemencia del tiempo:
La cadencia del vuelo debe perpetuarse;
Porque, entonces, el relámpago
Se desfigura en los sentidos.
XIII
La espera es una piedra del delirio
Y no un pliegue en los oficios.
He ido marcando los pasos en el sobresalto,
En la espuma del tiempo
—La voluntad se oscurece en la extensión—
y la edad, mi edad zumba como una abeja
Implacable en el cristal de los vocablos.
Bien he hecho en hacer del vuelo mi trabajo;
Una tentativa de actos y compañías:
La luz es un hilo de pájaros
Que capitanea otras presencias.
La flor, —flor del tiempo y las edades—
Asume aquí, su oficio de arcángel.
XIV
El aire rastrea hierbas y raíces
En el pórtico de las albañilerías,
En la desnudez del gozo y en la edad articulada.
¿Qué densa llama es ésta que se inclina
En el pensamiento y entreabre las venas
De la contemplación sin instancias de imagen y dominio?
Hay tiempo y, sin embargo,
No he comprendido el misterio
De la flor en los poros del cuerpo y el arroyo:
El tránsito es una hoja copiosa
En la síntesis de la imaginación.
Cómo comprender, pues, esta enajenación del camino,
Del contacto que niega sus vísceras,
Si la palabra sólo espera el nombre del vacío.
XV
Henchido estoy del tiempo y las raíces.
Henchido de la historia. Y no tengo miedo.
Aunque las heridas que trae el viento
Confunden mi sangre y las horas:
(Dardo erizado en la gracia del nombre)
Por eso estoy, para buscar el ácido que vierten estas llagas
Del tiempo destructiblemente habitado;
Y por fin, la existencia del sonido crece, aumenta y recorro
La botánica del viento que mueve el tránsito.
Eso es todo.
Las gredas del agua en el umbral del grito
Y entonces, —sitiado y combatido—
En el pulso de los pedernales,
Armo mi flecha de alientos:
Discurro en el pétalo de los impulsos.
XVI
La luz se adelanta con sus pasos de profeta;
Mientras las hojas de la timidez
Elaboran su figura de oculta cintura.
Más allá de todo. Del fuego y los aposentos,
El tiempo, los ásperos meses
Quebrantan los tallos de la tierra y los sorbos del nombre.
Lo que queda —niebla y vacío—,
Extermina lo invulnerable,
Disemina la carne y empaña las sienes.
Para qué, entonces, este rostro de la flor en la memoria,
Si las cavidades del vacío me aniquilan?
Ah, los destellos del tacto,
De esta voluntad no traen viñedos.
XVII
¿Cuál es la semilla fecunda que sujeta
El vuelo de la primavera o el invierno?
He aquí, el Olimpo transmutando la brutalidad,
La lucidez del contorno
Y las órbitas de las alamedas.
Tan finos y agudos son los viñedos de la luz
Que nombres invisibles revisten lo oculto
Más allá del vocablo que gobierna
Los movimientos y las compañías.
Yo poseo —en las hojas de mi potestad—:
Álamos derramados en el color
Y en mis sienes —hojarasca del follaje—
El ritmo de un pájaro
Y la transparencia ausculta del aceite.
XVIII
Esta soledad en el pecho, trae sábanas de silencio
Y abundancia de vuelos.
Todo pasa aquí en esta fría voluntad derramada:
Una corriente de huesos adviene en el sabor,
En este sabor de la lámpara y la hoja.
¿Qué fenómeno es éste
que traspasa la hierba y los ensimismamientos?
Ah, este derrumbamiento del gozo
Transfigurado en la integridad del hálito.
XIX
La noche cae con su rumor de carne en el costado.
Todo esto es delirio, delirio inagotable
En el soplo del aliento diseminado:
Fragmentos diseminados en el caudal de la flor.
No me importa que esta voz lime la palabra anciana:
La palabra verde o la palabra fuego.
Ambas edifican la eternidad del árbol,
De la voz apresurada en la gracia.
Por eso, la altura de la noche
Tiene alas de granito en el repliegue del espacio
Y en los párpados del infinito.
XX
La luz es una puerta de vigilias
Que entraña humedades y murmullos.
¡Qué hermosa es esta calle donde sólo hay oídos y vocablos!
Donde la palabra no sólo es fuego que calcina,
Que arde, sino un espejo del bosque y las heredades.
La identidad, entonces, multiplica su memoria,
Su espacio en las entrañas del contorno.
Porque —la luz, la identidad—,
Urden la altura del pétalo, del aliento, del día,
Del contorno, aunque sea en este espacio trastornado.
XXI
Ya con La luz que adivino,
Ya con la luz de la memoria, del ascenso,
De la mágica estrella tutelar,
Encenderé el mármol de la alegría mutilada;
Porque ese contorno, este tacto,
Esta ardiente materia, no es si no el vocablo
De mí mismo que va en pos de auscultos fuegos.
Yo soy el día que encadena las horas,
La criatura en los designios de la levadura:
Una lámpara en la oscuridad de la tierra.
XXII
La voz se hace visible en el agua
Cuando lleva intacta las palabras.
Me duelen los sollozos del rayo en la herida,
Los huesos desarraigados en las sienes
Y la forma ondulante del viento que perfora mis contados.
¡Ah, forma ininteligible de las rutas!
Pareciera que todos los nombres tienen cerraduras;
Porque la risa —subterráneas raíces de la carne y la conciencia—,
Desgarran los cabellos en ráfagas oscuras.
Nota del autor: Poemas inéditos escritos hace 22 años (mayo de 1985). Estos poemas tienen un prólogo del crítico salvadoreño (fallecido) Don Luis Gallegos Valdés. Esta es la primera publicación que hago de ellos. Barataria, 09.III.08.
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