Ante cada línea del zodíaco, ante el espiral del pájaro en la sien
derecha o izquierda, especulan los acordes movedizos
del candil en llamas del destino, del pez en el bramido
de la memoria, de la noche que se harta toda la oscuridad, el mar,
y todo cuanto la memoria convierte en leyenda.
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VETANAS MOVEDIZAS
El camino jamás duerme en las ventanas movedizas
de la policromía, jamás el cierzo redime a la espina
por más misterio que la envuelva,
jamás es un solo sudario el que nos viste en los móviles brazos
de la sábana acostumbrada a los poros de la noche o del día.
Desde el albor del fuego, el espejo movedizo de las aguas,
la embriaguez de osamentas,
la piedra en la gelatina del tacto, los caminos tanteados
del polvo de los símbolos que extienden la piel hasta el azar
del viento, —el fluir de las formas, el riel del sendero de la lluvia,
por donde desciende el fin de lo incierto.
Tenemos ventanas en la línea recta del horizonte;
existe el zigzag en el laberinto de la caverna, la herida oscura
del sueño: los pañuelos trascienden el plano cartesiano
del aliento; el pulso se torna éter
en el vuelo que emprenden los ámbitos de la metáfora
cuando repta ensimismada sobre la campana honda del vilano.
Ante cada línea del zodíaco, ante el espiral del pájaro en la sien
derecha o izquierda, especulan los acordes movedizos
del candil en llamas del destino, del pez en el bramido
de la memoria, de la noche que se harta toda la oscuridad, el mar,
y todo cuanto la memoria convierte en leyenda.
¿Qué hacemos de los recuerdos, sino suculentas pesadillas,
pastores eternos de la hojarasca del sepia,
diletantes rieles, hundidos, en el trazo de las hormigas,
en la arista de la alacena,
preeminente del falo dentro del ombligo, cuyo cielo sirve de santuario?
¿Qué hacemos ante las ventanas movedizas del presente,
de nuestro presente cazador de símbolos macabros,
de nuestro presente, ciervo del asedio y la embriaguez?
Nos escinde este furioso mercado que andamos
como un encaje de cadenas, a punto de hacernos desfallecer
en el intento de vivir: sí, y no es para menos este tránsito de cascos
en el pecho y que, en momentos hiere hasta el aliento,
vuelve desierto la carne, desnuda lo desnudo ya del alma,
en tensa ferocidad de siglo.
(No pudimos entender de otra manera este universo:
ahora nos diluimos como tiliches; jamás aprendimos el secreto
del escriba en su vigilia de páramo esculpido en senderos
de oscuridad, en el lindero de lluvia y viento a raudales.)
Jamás, digo. Y es cierto, tanto pulso entre garras, desvaríos
en el bramido de las aguas de la fosa sucia de la desesperación.
Asumimos la oscuridad sin reivindicar la claridad:
todo camino dentro de la flama es incierto…
Barataria, 22.I.2012




